
Parece que mis paisanos se han vuelto locos. La euforia desatada, la movilización que ha suscitado el Athletic de Bilbao en esta edición de la copa ha superado cualquier expectativa y limite de lo que entra dentro de la normalidad.
En Semana Santa cuando estuve en mi patria chica ya me comentaron que con motivo de las semifinales contra el Sevilla se suspendieron las clases de la universidad, incluso las habituales actividades de los diferentes grupos antisistema, que en Bilbao hay muchos y variados, se suspendieron porque todo el mundo quería ver el partido.
Ver las imágenes de Bilbao ayer por la tarde me hace pensar que ayer no hubo ni colegios ni universidad, y que el absentismo laboral se triplicó, y por no estar no estaría ni la máquina de fichar.
Una locura mayúscula sobre que la disparar con mala uva. Pero yo también ví la final, no puedo ocultar mis simpatías por el Athletic, y, oh sorpresa, lo normal, el esperado baño de goles del Barça sucedió. Y sé muy bien la decepción que habrá sufrido toda esa buena gente, en Valencia, en Bilbao, en Vizcaya y, sobre todo, en mi querida margen izquierda. Así que, por todos ellos, digamos que la afición del Athletic, la sociedad vizcaína se ha comportado de manera pantagruelica y gargantuesca, que bien mirado no han hecho nada malo, que han sido muy poco serios y muy dados a la risa y el exceso. Dejemoslo en eso, por respeto, ya que, tal y como reza el lema de la abadía de Thelema, “Haz lo que quieras”.
Sin embargo ayer por la tarde, antes del partido, y quizá motivado por mi cabreo mayúsculo con la administración del estado me ocurrió un proceso asociativo que me devolvió a mis olvidados orígenes y me hizo pasar un buen rato viendo vídeos de los años 80.
El caso es que alguién en un foro en el que soy más que prodigo (en realidad un pesado), mencionó a Las Vulpes, un mítico grupo de Barakaldo al que asociaban con la movida madrileña. Un error que mi pedanteria incontinente me obligo a corregir y señalar su relación con los grupos más provocadores y contestarios del llamado Rock Radical Vasco sobre todo con los santurtziarras Eskorbuto.
Eskorbuto, su nombre se repite en mi cabeza como un extraño eco, ellos solos se merecen una o varias entradas para tratar de explicar quienes fueron y que supusieron. Hasta ahora quién mejor lo ha hecho ha sido Roberto Moso, periodista -y en sus tiempos mozos cantante del otro grupo pionero de Santurtzi Zarama- en el capítulo que les dedica de su libro Flores en la basura y que se puede leer pinchando aquí (el libro en formato pdf esta disponible para descarga en el blog de Roberto Moso Zaramatimes).
Y así pase la tarde de ayer escuchando canciones de Zarama, La Polla Records, RIP, y, sobre todo Eskorbuto. Un grupo he de reconocer que habre escuchado miles de veces en bares, en txoznas, en labios de los amigos, pero que hasta ayer no le había prestado ninguna atención, siempre pensé que cantaban mal, tocaban peor y sus letras eran exageradamente anti todo.
Realmente nada de eso ha cambiado, pero ayer por vez primera supe ver la fuerza que tenían. Lo cercano que estaba lo que ellos y yo vivimos en la margen izquierda del Nervión en la década de los 80. Y en ese momento me invadió la nostalgia.
Quizá sea necesario detenerse y hacer un retrato sociológico de la margen izquierda al menos tal y como lo veo yo desde mis recuerdos y mi subjetividad política. La margén izquierda (Desde Santurce a Bilbao, pero por Portugalete, Sestao, Baracaldo y Zorroza) ha sido desde la industrialización la gran condenada y con ellas todas sus gentes, desde los oriundos hasta los emigrados, siempre, desde las condiciones de semiesclavitud en las minas de Triano de los señoritos de Neguri, el franquismo y la transición. Donde cayo primero la crisis del petroleo y luego la mal llamada reconversión industrial del PSOE fue allí y el premeditado olvido nacionalista a esa cantera de socialistas, liberales y librepensadores es legendario. (¿de cuando data el último miembro del Euzkadi Buru Batza de Bilbao o de la margen izquierda?).

Y así estábamos a principios de los 80, en tierra de nadie, olvidados a nuestra suerte. Y nuestra suerte parecía negra, el paro y las drogas irrumpieron con fuerza a la par que veíamos que nuestras señas de identidad resultaban inapropiadas. Eramos maketos o hijos de maketos en su mayoría, en las calles hablábamos un castellano perfecto, y el euskera nos sonaba tan exótico como para un aragonés, y de pronto descubrimos, casi sin querer, que si bien el Athletic seguía siendo un objeto de piadoso culto, la simpatía por la selección española, era incomoda y había que deshacerse de ella. Algo bueno tuvo todo eso, se inculco un escaso fervor a la patria y muchos nos pudimos convertir en auténticos “fronteras”.
Vamos que la mayoría, salvo el athletic, no teníamos donde agarrarnos, y en eso llegó el punk. Y nacieron todos esos grupos que conocí más tarde en el portugalujo instituto Juan Antonio Zunzunegui, grupos de los que renegaba, pero que daban color a casi todos mis compañeros a mis primeras salidas de adolescente. Con todo es de reconocer que Portugalete es especial, combina elementos neguriticos y proletariados que le dan (o le daban) ese sabor tan especial. Pero esos eran los principales banderines de enganche, la música punk, las drogas, en algunos casos la política, en unos pocos las mujeres (con resultados prácticos quiero decir).
Y hoy es el día que pienso si ese habitual pesimismo, ese “nada merece la pena”, que suele dominar mi actitud vital no viene de mis origines de mi adolescencia rodeado de punkis, borrokas, y chicas que no me hacían puñetero caso (me temo que e mi caso es análogo a la mayoría de los vascos y nunca hubo “una chica del batzoki“) de mi Portugalete de los años 80.

Y hoy es el día que me invade la nostalgia, y siento que el rock radical vasco, ese que nunca quise oír en mi caso fue algo verdaderamente grande. Por su rabia, por su estética, por su ingenuo y coherente nihilismo, por ser de la margen izquierda. (aunque hay tantas margenes izquierdas en el mundo).
Por cierto que la canción que quería dedicar a mi gente de allí de al lado del Nervión era esta, Ratas en Vizcaya, de Eskorbuto:
Desde santurce a Bilbao, vengo por toda la orilla...
Mirarás al cielo y verás
una gran nube sucia
no lo pienses, no lo dudes
Altos Hornos de nuestra ciudad
Mirarás las fachadas
llenas de mierda, llenas de mierda
Desde Santurce a Bilbao, vengo por toda la orilla
Somos ratas en Bizkaia
somos ratas contaminadas
y vivimos en un pueblo
que naufraga, que naufraga, fraga, fraga
El orgulloso puente colgante
por debajo el gran Nervión
donde reposan los excrementos
despidiendo mal olor
En sus orillas cuanta gente
lucha por subsistir.
Desde Santurce a Bilbao, vengo por toda la orilla
Somos ratas en Bizkaia
somos ratas contaminadas
y vivimos en un pueblo
que naufraga, que naufraga, fraga, fraga
fraga, naufraga.












