Castelldefels. Hora 22.20

No quiero que mi blog se convierta en una crónica de sucesos. Todo el mundo sabra ya los detalles del terrible suceso que aconteció en la estación de RENFE la pasada noche de San Juan, sobre las 22.30. 13 personas, parece que todas ellas de origen sudamericano, perdieron la vida tras saltar del anden a las vías y ser arrollados por un tren.

No me gusta el juego macabro de señalar de quien es la responsabilidad última, ni señalar que fue una temeridad, ni siquiera unirme a un grupo de apoyo en facebook al desgraciado maquinista que arrolló al grupo. La noticia me parece más relevante si se mira desde otro punto de vista, viendo a las victimas y a las circunstancias sociales que rodean el fatal accidente.

De hecho hay una película italiana del año 1952, Roma hora 11, que ilustra a la perfección como abordar un asunto de estas características tan dramáticas. En la película Giuseppe De Santis (director) y Cesare Zavattini nos cuentan como un grupo de mujeres sufre un accidente tras venirse abajo la escalera donde esperaban una entrevista de trabajo.  El suceso realmente ocurrió, el 15 de enero de 1951, una mujer murió y muchas fueron mal heridas por la avalancha y la caída; más de 200 mujeres se habían agolpado en una estrecha escalera esperando el milagro en forma de puesto de trabajo, el hecho de anunciarse que no habría tiempo para entrevistar a todas parece que fue la causa.

De Santis y Zavattini utilizan el accidente para hacer cine social; reconstruyen el accidente preocupandose por los diferentes perfiles de la mujer italiana en la difícil posguerra italiana: criadas, prostitutas, mujeres de obreros en paro, todas con el denominador en común de querer salir de la miseria que les rodea. No sé si reconstruyen los perfiles desde la encuesta que siguió al accidente o desde la ficción, aunque creo que da igual.


Por eso me gustaría que el accidente de Castelldefels fuera utilizado de la misma manera. En estos tiempos de películas idiotas, de supervivencia económica, de desplazamientos forzados, de historias anónimas sepultadas por el mundial de futbol, o cualquier otro acontecimiento mundial irrelevante, alguien, algún estudiante de cine, de documental, algun cineasta intrépido debiera ver el filón que tiene. Contarnos la historia de aquellos que no la tienen, o mejor dicho, que la historia de aquellos a los que se la niegan. De la impaciencia en las vetustas instalaciones de las estaciones proletarias, de las ganas de escuchar música latina en la playa, del precio abusivo de los billetes de tren, de la juventud irreflexiva y atrevida. De como les afecta el paro, la emigración. De los que se han quedado llorando a los muertos. Lo que paso en Castelldefels nos puede servir para reflexionar sobre muchas cosas, no nos quedemos en una mezquina superficialidad.

Himnos y las lagrimas de Misha

Ayer vi el partido de fútbol entre España y Chile.  Hacía tiempo que no veía un partido entero, incluido los prolegómenos; con las alineaciones iniciales, las expectativas, la clasificación, las declaraciones que mezclaban el optimismo y el dramatismo de manera exagerada y todas esas cosas tan banales que suelen rodear al fútbol.

Por ver  hasta vi la ceremonia de los himnos nacionales. Y supere mis escrúpulos y volvía escuchar los acordes de la marcha real, el himno nacional español, mucho tiempo después. No me sonó tan mal como en otras ocasiones, musicalmente sigue siendo un himno muy pobre comparado con otros, aunque ayer me parecía que no era una composición tan pobre lo que sí es cierto es que volví a sentirme incomodo durante la interpretación.

Lo curioso es que no sé exactamente de donde nace esa incomodidad; quizá de haber nacido donde he nacido, si ya la palabra España provoca cierta alergia -allí se llevaba lo de “estado español”-, la bandera y el himno ¿estatal? ¿nacional? ni os cuento. Pero yo creo que en realidad viene de mi rechazo instintivo a entregarme sin condiciones a comuniones imaginarias. Intento explicarlo, es como si todas las particularidades; si soy zurdo, si prefiero las morenas a las rubias, o me emociono con La casa de la pradera,  sufro diabetes, estoy en el paro o trabajo, mis padres son multimillonarios, etcetera etcera no valieran para nada, y todas esas señas de identidad, las de cada uno, se canjearan por un himno y una bandera. Tanto me da que sea la bandera roja y gualda en las citas olímpicas que el gorrito “gora euskadi” en el Ibilaldia, que la ikurriña en el tour de Francia. Aunque es cierto que para citas deportivas, que son casi contiendas civiles, puede valer un poquito y pero perder la cabeza y soltar una lagrimita con el himno nacional se me escapa a mi comprensión. O no tanto, Eric Hobsbawm nos da una posible explicación.

Al final del siglo un gran número de ciudadanos abandonó la preocupación por la política, dejando los asuntos de estado en manos de los miembros de la «clase política» (una expresión que al parecer tuvo su origen en Italia), que se leían los discursos y los editoriales los unos a los otros: un grupo de interés particular compuesto por políticos profesionales, periodistas, miembros de grupos de presión y otros, cuyas actividades ocupaban el último lugar de fiabilidad en las encuestas sociológicas. Para mucha gente el proceso político era algo irrelevante, o que, sencillamente, podía afectar favorable o desfavorablemente a sus vidas personales. Por una parte, la riqueza, la privatización de la vida y de los espectáculos y el egoísmo consumista hizo quela política fuese menos importante y atractiva. Por otra, muchos que pensaban que iban a sacar poco de las elecciones les volvieron la espalda. Entre1960 y 1988 la proporción de trabajadores industriales que votaba en las elecciones presidenciales norteamericanas disminuyó en una tercera parte (Leighly y Naylor, 1992, p. 731). La decadencia de los partidos de masas organizados, de clase o ideológicos —o ambas cosas—, eliminó el principal mecanismo social para convertir a hombres y mujeres en ciudadanos políticamente activos. Para la mayoría de la gente resultaba más fácil experimentar un sentido de identificación colectiva con su país a través de los deportes, sus equipos nacionales y otros símbolos no políticos, que a través de las instituciones del estado.

Es más a veces mi pienso que mi rechazo a las causas multitudinarias, no puede si no ser un reflejo de esto otro

Una sociedad de esas características, constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre sí y que persiguen tan sólo su propia gratificación (ya se le denomine beneficio, placer o de otraforma), estuvo siempre implícita en la teoría de la economía capitalista.
Desde luego es una posibilidad, no sé muy bien si por estar inmerso totalmente en la cultura capitalista, o por tener ordenadas ¿mis neuronas? de tal manera que sea un engreído que se vanaglorie de sus propias ideas. Recurro otra vez a un ejemplo, y este le veo todos los días. Mi mujer es la que más cuida de nuestra hijita, hay en ella un acto de renuncia de sus propios intereses que a la vez refuerza su unión con la pequeña. Casi se puede ver como para una comunidad lo mejor es la renuncia a una parte del ego individual. Pero renunciar voluntariamente a algo en beneficio de los demás, sacrificarse, como puede ser las propias ideas, la propia identidad en beneficio de una comunidad parece que no está en mi vocabulario.
En fin en que jardín de flores me meto sin pretenderlo. El caso es que yo ayer contemplaba los himnos de Chile y España, uno con indiferencia, y el otro, ya digo, con incomodidad. En cualquier caso, vestigios de otra época, los himnos ocupan un lugar mínimo en el mundial en  comparación con los que ocupan las multinacionales de la ropa deportiva, de las bebidas refrescantes o de los televisores. Así que casí que me alegra que existan estos momentos más cercanos a la tradición que a la realidad. Y es que en el fondo los himnos, algunos, me gustan. Ya he dicho que no voy a poner a la mano  en el pecho, y que creo que las palabras de Paco Ibañez cantando a Brassens -Cuando la fiesta nacional yo me quedo en la cama igual. Que la música militar nunca me supo levantar - son las más sabias, incluso las de Pablo Neruda Sin banderasin leyni destino sólo tiene un dolor asesino. Pero uno tiene sus debilidades y hay himnos que me gusta escuchar, ya sé que recurren a la épica nacional, al interclasismo demagógico, al chauvinismo y todo eso, pero no lo puedo evitar. Lo cierto es que lo ideal habría sido ilustrar esta entrada con una selección de los fines de emisión de las diferentes cadenas nacionales publicas del mundo, que unen a el himno a la visión idealizada que tiene la nación sobre si misma y que desea que tengan sus ciudadanos, alguna está en youtube, pero me gustaría colgar más de las que hay. Por ver he visto el fin de emisión de la televisión soviética, de la vasca, de la española, de la bielorrusa, de la catalana, de la italiana, de la polaca. Todas son diferentes pero muy parecidas, y me hace falta encontrar alguna que rompa el patrón (que apostaría que inauguró la BBC).
En fín que os dejó con alguno de mis himnos favoritos, lastima de no haber encontrado ningún vídeo de las Olimpiadas de 1968 cuando Tommy Smith y John Carlos, medallistas de oro y bronce en los 200 metros lisos, levantaron su puño enfundado en un guante de cuero en la ceremonia de entrega de medallas, eran otros tiempos.
Por cierto el partido de ayer, me aburrí, además no tengo tv desde el apagón tecnológico, y veía el partido por el PC, con un retraso de unos 2 minutos respecto a los ruidos de la calle, oía los goles mucho antes de verlos. La emoción del fútbol y las nuevas tecnologías no se dan la mano.
Y para finalizar un gran momento de ceremonia pública-estado-nacional, la despedida de Misha de las olimpiadas de Moscú.

Vida cotidiana y guerra

Al atardecer, suena la sirena del Feierabend, del final del trabajo; y puesto quetodos estamos, al menos durante unas horas, saciados, no hay lugar a litigios, nossentirnos bondadosos, el Kapo no tiene deseos de castigarnos y somos capaces depensar en nuestras madres y en nuestras mujeres, lo que no sucede con frecuencia. Durante unas horas podemos ser infelices a la manera de los hombres libres.

Si esto es un hombre, Primo Levi 1958

Mujeres soviéticas recogen la cosecha (lugar y fecha desconocidos) fuente Rosarchiv ©. 2004-2010

En la introducción a su “Historia del siglo XX” Eric Hobsbawm ofrece una panoramica del pasado siglo con una breve reflexión sobre el mismo de 12 personalidades. La más significativas, a mi juicio, las de Isaiah Berlin y Julio Caro Baroja

He vivido durante la mayor parte del siglo XX sin haber experimentado -debo decirlo- sufrimientos personales. Lo recuerdo como el sigo más terrible de la historia occidental. Isaiah Berlin, filósofo, Gran Bretaña

Existe una marcada contradicción entre la trayectoria vital individual -la niñez, la juventud y la vejez han pasado serenamente y sin grandes sobresaltos- y los hechos acaecidos en siglo XX… los terribles acontecimientos que ha vivido la humanidad. Julio Caro Baroja, antropólogo, España.

Tanto Berlin como Caro Baroja nos cuentan su contradicción, una vida tranquila y sin embargo el marco más terrible, el siglo de la Primera y Segunda Guerras Mundiales, el Holocausto, la bomba atómica, la Guerra Fría, Vietnam, Afganistán, La Revolución Cultural, Pol Pol en Camboya, la Guerra de Corea, la Gran Depresión, El gran Hambre en Ucrania, Chernobyl, la Guerra Civil española… y se podría continuar con la amarga lista.

¿es una característica de la condición humana? ¿Adaptabilidad, insaciabilidad, instinto de supervivencia? ¿cuales son  las palabras que nos definen como especie? ¿existen estas?

Probablemente uno de los testimonios más crudos sobre el ser humano sea el libro Si esto es un hombre de Primo Levi -y en parte su continuación La Tregua- donde el escritor italiano nos cuenta su experiencia en el lagger de Auswitzch. Pero incluso este libro se me antoja como un inmenso interrogante, como el deseo de Primo Levi no solo de perpetuar en la memoria todo lo que ocurrió en los campos de exterminio, de la sistematización de la deshumanización de las victimas, si no también de comprender al ser humano, tanto a la victima como a la verdugo, de responder a ¿cómo fue posible? pero también a preguntas más difíciles de formular. Leyendo Si esto es un hombre se sufren sensaciones ambivalentes, el horror, el sobrecogimiento dominan pero también hay momentos de se esbozan sonrisas y se agradece que haya personas en el mundo como Primo Levi. No sólo por el escritor, más bien por contarnos que, pese a todo, y sin ser un héroe -como diría él mismo “formamos parte de aquellos que, gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo”- hasta en el lagger el ser humano aparecía, de formas muy diferentes, aunque no todas edificantes.

Por decirlo de algún modo el testimonio de Primo Levi se halla en las antípodas de lo que nos propone otro italiano Roberto Begnini y su película La vida es bella (1997). En ella vemos como un padre judío, Guido,  consigue ocultar a su hijo, Josue, de los alemanes en el campo de concentración -Lo normal es que los niños y las mujeres al llegar lagger tras ser separados de sus padres y maridos  fueran conducidos a las cámaras de gas- . Pero no sólo consigue que los alemanes no localicen a Josue, Guido logra lo más difícil; esto es que su hijo no capte el horror en que están viviendo, que la inmensa y permanente atmósfera de horror y deshumanización no alcance a su hijo. Por lo tanto Beginini nos ofrece a un superhéroe, a una persona excepcional que consigue pese a su posición dominar a la naturaleza terrible del lagger hasta el punto de que su hijo pueda llegar a recordar su paso por el campo de concentración como el juego heroico y trágico de su padre. Muy lejos de lo que propone Primo Levi, donde precisamente y a pesar del lagger, con todas sus realidades, con toda su omnipresencia, el ser humano terminaba apareciendo, en detalles quizás insignificantes en otras circunstancias. Por eso, y aunque reconozca que pueda ser bienintencionada, la película de Begnini, me parece peligrosa, por varias cosas. Por la imagen de superhéroe, de hombre completo, con fe ciega en sus actos, por la percepción de que la ficción es una herramienta para combatir la realidad, por la superficialidad del análisis -es más que significativa la diferencia entre el final de Si esto es un hombre y La vida es bella, mientras en la película de Begnini un soldado norteamericano sonreía a Josue “hi, Boy”, en la novela de Primo Leví los sobrevivientes de Ausweitzch veían en los ojos de los soldados soviéticos vergüenza, vergüenza de ver esos despojos. El subrayado de Begnini es más o menos lo que un padre puede hacer por su hijo y el lagger no es más que una anecdota, el subrayado de Primo Levi es su testimonio, que no debe ser olvidado nunca.

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros

En vuestras casas caldeadas

Los que os encontráis, al volver por la tarde,

La comida caliente y los rostros amigos:

Considerad si es un hombre

Quien trabaja en el fango

Quien no conoce la paz

Quien lucha por la mitad de un panecillo

Quien muere por un sí o por un no.

Considerad si es una mujer

Quien no tiene cabellos ni nombre

Ni fuerzas para recordarlo

Vacía la mirada y frío el regazo

Como una rana invernal

Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras.

Grabadlas en vuestros corazones

Al estar en casa, al ir por la calle,

Al acostaros, al levantaros;

Repetídselas a vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,

La enfermedad os imposibilite,

Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

Pues sí, esto se supone que debía ser una breve introducción a una escueta galeria de imagenes de la vida cotidiana en la guerra, tenía ganas de exhibir, como, y pese a todo, la humanidad se las arregla va ir tirando pese a la guerra, la excepción más importante a una vida cotidiana, o por llamarlo de laguna manera, normal. Pese a todo, a la guerra, la muerte, la tiranía, la ocupación, los desplazamientos, los refugiados la humanidad sigue alimentándose, enamorándose, envidiando al vecino, teniendo hijos, siendo infiel, mandando a sus niños a las escuelas, soñando con el día que acabe la guerra y todo vuelva a la normalidad. Hay fotos que muestran como la población civil sigue afanandose en todas esas cosas, pero son muy pocas, normalmente de mujeres, viejos y niños, los no combatientes, pero no por ellos eximidos de los horrores de la guerra contemporánea -Sobre las mujeres soldado recuerdo que hablaba una actriz soviética que hizo un papel de mujer soldado sobre la contradicción enorme que le suponía a una mujer acabar con la vida de alguien en lugar de darla- . Lo cierto es que lo más habitual es encontrarse con fotos de soldados en una pausa en los combates que parecen sugerir un regreso a las condiciones de una vida civil. Incluso, o sobre todo, es en esos momentos de pausa guerrera se siguen comportando como seres humanos y atendiendo a nuestras principales necesidades, que ,desde luego, no son hacer la guerra, son afeitarse, dedicarse a la higiene personal, alimentarse, descansar, entretenerse; vivir en definitiva.

Niños soviéticos acuden a clase en Leningrado. En el cartel se agradece al ejército rojo la defensa de la agresión fascista. Foto B. Kudyarov (1942)

Mujeres trabajan la tierra en la región de Smolensko (1942) L. Veligzhanin

Zapateros en el frente (1943) B. Vdovenko

Restauración del alumbrado público en Leningrado tras romperse el bloqueo. (1944) Foto deTrachtenberg

Hijos de soldados del Ejército Rojo antes de ir al cine. Stalingrado 1945

Partido de futbol entre dos tripulaciones de la Flota del Norte. Autor Jaldei (1942)

Historia Bélica

Vasili Grossman en su despacho

Tras el fiasco de ayer espero poder ahuyentar mi dispersión característica y lograr hoy un mínimo de concentración para llevar a buen puerto la entrada de hoy. Y que me perdonen todos los historiadores profesionales, los profesores de historia, los estudiantes de historia; pero hoy voy a volver a jugar a historiador, aún que realmente este más cerca de la perspectiva que plantea el título del poema de Brecht Preguntas de un obrero que lee, pero tengo la necesidad de interrogar a la disciplina y criticar cierta historia que tiene su espacio en las librerias y kioskos de nuestras ciudades. El caso es que ando estos días leyendo Años de Guerra de Vasili Grossman, una obra que recoge alguno de sus relatos dedicados a la Gran Guerra Patriótica, como El pueblo es inmortal y El viejo profesor. Relatos, que aunque no llegan donde lo hace Vida y Destino, aquí se nota la mano de la censura y cierto heroísmo forzado, vuelven a mostrar el pulso narrativo de Grossman y su interés capital por las vidas de las personas en la guerra, algunas de ellas son soldados, incluso soldados ejemplares, pero no dejan de actuar como seres humanos, con motivaciones, defectos y virtudes fácilmente identificables por cualquiera de nosotros.

Así con Vasili Grossman me termina sucediendo lo mismo que cuando leo a  Lev Tolstoi y me pregunto ¿acaso es mejor la novela que la historia para hablar de la guerra real? ¿Es posible que la ficción pueda llegar donde no llega la ciencia? pero sobre todo ¿por qué la guerra?

Ya he indicado en alguna ocasión anterior el gusto del público por la historia de la guerra, y en particular por la historia de la Segunda Guerra Mundial. Como ejemplo se puede poner la colección Memoria Crítica de la prestigiosa editorial Crítica, donde 41 de sus 82 títulos están basados en alguno de sus aspectos (el llamado socialismo real con  13 y el fascismo con  10 monografías cada uno son los otros grandes temas, que también suelen tocar la Segunda Guerra Mundial).

En realidad todo esto habla del retorno (aunque en realidad ya son muchos muchos años) de la historia del acontecimiento y la narración. El estructuralismo, el marxismo (entre otras corrientes) más preocupados por descubrir las estructuras internas, las causas y las consecuencias de las sociedades históricas han visto al acontecimiento con cierta indiferencia. Por ejemplo, Eric Hobsbawm en su magnifica Historia del siglo XX apenas dedica unas lineas a la Segunda Guerra Mundial. Puede resultar chocante, ¿cuantos millones de personas murieron o perdieron algún familiar directo en Europa entre 1939 y 1945? ¿cuantas vieron sus hogares destruidos? ¿cuantas se vieron desplazadas? ¿cuantas sufrieron los rigores del hambre? Es posible que para todos aquellos que vivieron esos años fueran los más significativos de su vida, pero para ciertos historiadores, aquellos más interesados en la historia total, no lo son.

Las calles de Leningrado en otoño de 1941

De todos modos la historia de la guerra, aún como tema secundario, pero tan querido por los lectores, si que es perceptible de afrontarse de nuevas maneras. Me sorprende como a día de hoy editoriales como la británica Osprey, que tiene aquí su puñado de seguidores, sigue empeñada en publicar la historia de los generales. Un ejemplo,sacado casi al azar de uno sus libros dedicados a la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética, uno de los mayores dramas de la historia de la humanidad.

La movilidad alemana dejó clavados a los soviéticos. Partiendo el 1 de octubre, el XIV Cuerpo Panzer avanzó por la derecha y el III Cuerpo Panzer varió a la izquierda, con lo cual cortaron las comunicaciones del Frente Sudoccidental. Con buen tiempo, los hombres de Von Kleist (menos el XLVIII Cuerpo deP anzer, transferido a Guderian después de Kiev) pusieron en grave peligro al 18º Ejército y, en menopr medida, al 9º. El 3 de octubre ambos se retiraban, perseguidos por el decimoprimer Ejército. Dos días después el III Cuerpo Panzer ocupó Melitopol, los grupos Panzer e Y.T. Cherevichenko se hacía cargo del Frente Meridiona. Los ejércitos 9º y 18º fieron destrozados: tuvieron 106.000 prisioneros y perdieron 212 carros y 766 cañones de toda clase. Los alemanes enterraron con honores al jefe del 18º Ejército, Smirnov, y Von manstein volvió a concentrarse en Perekop. Operación Barbarroja (2003). Robert Kirbuchel

Francamente aburrido, de escaso interés, y lo que es peor, inhumano. La guerra convertida en partida de ajedrez, donde los generales despliegan sus ejércitos como piezas. Cosa que por otra parte no tiene demasiada relación con lo que ocurre en la realidad. Los miles y miles de Frich e Ivanes que lucharon, no son más que un número para el historiador de Osprey. Al igual que para el general, el soldado es una cifra que se rinde, avanza, retrocede o simplemente muere. Nada sabemos de lo que es para el soldado “presionar un flanco”, retroceder, marchar, sobrevivir a un bombardeo, llegar y ver el río Dnieper como último lugar para la defensa, buscar en aldea de los asustados campesinos la cena de hoy, o simplemente encontrar un momento para escribir una carta, quizá la última, para sus familiares.

La primera carta venía de Ereván y estaba dirigida a Babadzhanian. Al leer el remite Bogariov vio que era de la esposa de su valiente amigo.

Los jefes de compañia Ovchínikov y Shuleikin seleccionaban con rapidez las cartas mientras decían en voz baja: “Éste está…, éste muerto…, éste está…, éste muerto”, y colocaban las cartas de los muertos en un montocito aparte.

Bogariov recogió la carta de Babadzhanian y se dirigió hacia su tumba. Colocó la carta sobre el túmulo, la cubrió con tierra y pus encima un trozo de metralla. Permaneció largo rato junto a la tumba del jefe de batallón

- ¿Cuándo me llegará a mi tu carta, Lisa?- se pregunto en voz alta. El pueblo inmortal (1942).Vasili Grossman

Es por cosas como esta por la que pienso que la novela se acerca más a la guerra que la historia. Quizá no sólo sea por desinterés del historiador, quizás no encuentre la fuentes que le permitan dar el tono adecuado a la narración. Son miserias de la profesión, supongo. De todas maneras es justo reconocer que hay inquietudes y que la historia bélica y militar se está replanteando desde hace bastante.

El 18 de junio de 1815 se libró una batalla cerca del pueblo belga de Waterloo. Como sabrá cualquiera que haya estudiado la historia británica, el resulatdo de esta batalla fue que un ejército aliado a las órdenes del duque de Wellington, con un apoyo tardío qunque decisivo de las fuerzas prusianas dirigidas por Blücher, derrotó al ejército francés mandado por Napoleón Bonaparte, decidiendo así la suerte de Europa. En los días que siguieron a la batalla, uno de quienes contribuyeron a determinar el destino del continente, el soldado raso William Wheeler, del 51 regimiento de infantería británica, escribió varias cartas a su mujer:

“La batalla de tres días ha concluido. Estoy sano y salvo, que ya es bastante. Ahora, y en cualquier oportunidad, pondré por escrito los detalles el gran acontecimiento, es decir, lo que me fue dado observar… La mañana del 18 de junio amaneció sobre nosotros y nos encontró calados de lluvia, entumecidos y tiritando de frío… El año pasado me reñiste muchas veces por fumar en casa, pero debo decirte que, si no hubiera tenido una buena provisión de tabaco esa noche, habría muerto.”

Wheeler continuaba ofreciendo a su mujer una descripción de la batalla de Waterloo desde una posición peligrosa: la experiencia de soportar el fuego de la artillería francesa, la destrucción de un cuerpo de coraceros enemigos por la descarga de su regimiento, el espectáculo de montones de cadáveres de guardias británicos quemados en las ruinas del castillo de Hougomont, el dinero saqueado al cadáver de un oficial de los húsares franceses, muerto por los disparos de un miembro del destacamento de Wheeler. Los libros de historia nos dicen que Wellington ganó la batalla de Waterloo. En cierto sentido, Wheleer y miles como él la ganaron igualmente. Historia desde Abajo. (1991) Jim Sharpe

Y así debe ser, la llamada Historia desde Abajo ofrece nuevas posibilidades para acceder a la historia de la guerra. La victoria, el heroismo, la épica conviven gracias a esta forma de historia junto a las vilezas de los ganadores y los perdedores; el saqueo, la cobardía, las ejecuciones sumarias, la tortura. Es difícil, por ejemplo, encontrar un libro que cuente el sistema de abastecimiento de un ejército. Por lo poco que sé un ejército en movimiento, tanto en retirada como en ocupación, debe ser lo más parecido a una plaga de langostas. Casí nunca se habla de las “requisas” forzadas, como casi nunca se habla de las levas de los mozos. Reclutar soldados para una guerra, el alistamiento forzoso, las familias campesinas que perdían los brazos para la faena, el marido, el padre, el hijo. Eso también es la guerra, pero no aparece en la guerra de los generales.

Niños juegan en la sitiada Leningrado 1942

Pero el problema persiste para la historia, dice Peter Burke

En el caso concreto de la historia militar, John Keegan ha señalado que la narración tradicional de las batallas es equívoca por “centrarse en los líderes” y por su “reducción de los soldados a peones” y se impone abandonarla. “la historia desde abajo” incluye actualmente la historia de la guerra. lA dificultad de hacerlo podría ilustrarse con el caso del conocido estudio de Cornelius Ryan sobre el Día D. Ryan se dispuso a escribir sobre la guerra de los soldados, más que sobre los generales. Su historia es una prolongación de su obra como corresponsal de guerra: sus fuentes principalmente orales. Su libro transmite muy bien la “sensación” de la batalla en ambos bandos. Es vívido y drámatico -de hecho, está organizado, a la manera de un dram clásico, en torno a las “tres unidades de lugar (Normandía), tiempo (6 de junio de 1944) y acción”-. Por otra parte, el libro está fragmentado en episodios separados. Las experiencias de los distintos participantes no están cohesionadas. La única manera de hacerlas coherentes parece ser la imposición de un esquema desde “arriba”, volviendo así a la guerra de los generales de la que el autor intentaba escapar. El libro de Ryan ilustra el problema más claramente que muchos otros, pero el problema no es sólo suyo. Este tipo de sesgo es quizá inherente a la organización narrativa.  Historia de los Acontecimientos y Renacimiento de la Narración. Peter Burke.

Este problema de perspectiva sí lo resuelven escritores como Tolstoi y Grossmann, pero parece que a los historiadores les cuesta más. Como dice Burke, en las obras de Ryan, Atkinson (Un ejército al manacer) hablan de los soldados pero terminan por tomar el punto de vista de los generales. Son buenas obras, bien escritas, pero terminan por fallar en lo esencial. La guerra es contemplada con cierta benevolencia maniquea. Sin embargo hay otros historiadores como Ronald Fraser que a través de la historia oral  (Recuérdalo tú y recuérdalo a otros) elude directamente la “verdad histórica” para acercarnos a las otras verdades, las subjetivas, las  de los contendientes, estuvieran o no en el frente. La historia se convierte en polifonía y ya no hay una tesis que criba los testimonios en una sola dirección, son muchas las voces las que hablan en una guerra, y muchas veces cuentan cosas que no nos gustan.

En los bosques de Lvov

Como dice Slavoj Zizek dando la vuelta a las palabras de Adorno “Solo es posible la poesía después de Auschwitz”, el filosofo esloveno dice que la representación y reconstrucción del horror a través del realismo y las pretensiones de veracidad, solo pueden desembocar en falsedad, que solo la poesía puede acercarnos a lo que allí paso. No sé si es pertinente la comparación, pero de algún modo siento como Zizek al comparar Si esto es un hombre de Primo Levi con Auschwitz de Lawrence Rees. Si bien es cierto que la obra de Levi es prosa, no puedo si no pensar que Zizek no se equivoca al hablar de sensación de falso de los pretendidos documentales y ensayos realistas.

Termino, todo esto rollo para intentar explicar mi desconfianza hacía la historia militar, un genero menor, pero muy interesante, que todavía tiene mucho que decir, pero que le hacen falta autores, no sé si imaginativos, sensibles o simplemente diferentes. De momento me quedo con los novelones de Grossman o Tolstoi, la sátira de Jaroslav Hasek, o el descarnado Erich Maria Remarque. Todos novelistas

La guerra (entrada fallida)

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes acarrearon las piedras?
Y Babilonia, tantas veces destruida,
¿Quién la construyó otras tantas?
¿En que casas de Lima, la resplandeciente de oro, vivían los albañiles?
¿Adónde fueron sus constructores la noche que terminaron la Muralla China?
Roma la magna está llena de arcos de triunfo.
¿Quién los construyó?
¿A quienes vencieron los Césares?
Bizancio, tan loada,
¿Acaso sólo tenía palacios para sus habitantes?
Hasta en la legendaria Atlántica, la noche que fue devorada
por el mar,
los que se ahogaban clamaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él sólo?
César venció a los galos;
¿no lo acompañaba siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota,
¿Nadie más lloraría?
Federico Segundo venció en la Guerra de Siete Años,
¿Quién más venció?
Cada página una victoria
¿Quién guisó el banquete del triunfo?
Cada década un gran personaje.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias, tantas preguntas.

Bertold Brecht, Preguntas de un trabajador que lee.

La ciudad de Grozny

Me ha sido resultado elegir una foto para la ilustrar la entrada de hoy que quiero hablar de la historia y la guerra, y no por falta de ellas. El siglo XX nos ha dejado una miriada de instantáneas que podrían cumplir perfectamente el propósito, esto es ponernos en contacto directo con el horror y el sufrimiento. Hay imágenes que tenemos todos en la cabeza, como la de la niña vietnamita que huye desnuda de la aldea atacada por el napalm, las ruinas de Hiroshima, los cadáveres amontonados en los campos de concentración nazis, la hilera de soldados británicos ciegos tras un ataque de gas en la Primera Guerra Mundial que apoyan su mano sobre el compañero de delante, el soldado alemán aplastado por las cadenas de un tanque en el frente oriental en la Segunda Guerra Mundial, etcétera, etcétera

Pero lo que es en mi caso siempre vienen a mi cabeza una estremecedora secuencia, en la primera guerra de Chechenia (199-1996) un equipo de televisión presencia en directo un bombardeo del ejército federal ruso sobre las calles de  Grozny, tras la explosiones se oyen los desgarrados gritos de un niño “¡abuelito, abuelito!” El hombre está muerto, destrozado y el niño se ha vuelto a quedar huérfano.

Vaya, otra vez escribo desde la improvisación, yo quería hablar de la guerra y como se escribe sobre ella en los libros de historia, pero la introducción me ha dejado un amargo sabor de boca. Luego vuelvo a intentarlo, no quiero escribir sobre el horror, al menos no quiero que capitalice la entrada, es sobre otras cosas que quiero hablar.