¡Thalassa, thalassa! (¡El mar, el mar!). Historias de la historia

¡El mar! ¡El mar! Y se pasaban la consigna de boca en boca. Entonces empezaron a correr todos hasta los de retaguardia, y las bestias de carga, y los caballos eran espoleados. Cuando todo el mundo llegó  a la cima, inmediatamente se abrazaron unos a otros, incluidos los generales y los capitanes, con lagrimas en los ojos.

La anábasis de Jenofonte X. An. IV 7 extraído de Historias de la Historia de John Burrow (Barcelona, 2008)

Una de las grandes ventajas de la era de la red global es que sin ser un profesional de la cultura, ni de la historia, ni de la comunicación, tan sólo un parado más del mundo de la construcción, a pesar de saber más de los antiguos griegos que de piropos lapidarios, se dispone de un pequeño pulpito donde acometer sus  delirantes observaciones sobre las historias, que no Historia, de la Humanidad.

Uno se piensa que tiene la libertad de escribir sin plazos acuciantes, sin una jerarquia academica que acogote los temas y enfoques, sin la obligación de ser un verdadero crítico y permitirte el lujo de leer, comentar y jugar desde la epidermis y el corazón, no desde un sistema que encorseta. El placer de poder discutir o emocionarse con los personajes de las historias, reales o no, y de no intentar trascenderles, que sean ellos quien lo hagan. Todo ello hace del blog una herramienta gozosa para aficionados como yo.

Y es que esta pretenciosa introducción viene motivada por que ayer, por fín, termine un gran libro: “Historias de la Historia” de John Burrow (Crítica, 2008). Un libro que etiquetan como historia intelectual, aunque quizá seámás apropiado la de historia de la historiografía occidental, si es que entiendo bien el termino. Aunque bien pensado la historiografía no deja ser una parte importante de la historia intelectual, pero sin olvidar nunca que sólo eso, una parte.

No es mi proposito reseñar este libro, aunque creo que es necesario señalar un par de cuestiones antes de ir al mar, al meollo de esta entrada. La primera es el amor que destila el libro por todo lo que trata. Verdadera pasión por los autores más clásicos, desde Heródoto hasta Gibbon, pasando por Plutarco, Clarendon y Carlile. Es probable que fruto de la  educación del autor que le ponía en contacto con estos autores y sus obras de primera mano.

Sin embargo, y por lo que a mi respecta, mi contacto con ese tipo de autores no suele pasar de comentarios o extractos en libros similares a este. Que yo recuerdo tan sólo he leído algun que otro capítulo de la “Historia” de Herodoto y “La Guerra del Peloponeso” de Tucidices. Quizá algún opusculo de algún historiador romano. Pero autores como Jenofonte, Tácito, Flavio Josefo, incluso Gibbon, Buckhardt o el propio Marx me han llegado comentados por otros.

La diferencia en esta ocasión es que la obra no se conforma con ser una catalogo o exihibición de erudición. El autor no duda en señalar un sus preferencias, cosa que en absoluto me disgusta, ni tampoco lamenta perdidas catástroficas de información. Pero, sobre todo, elabora una linea coherente de lo que ha sido la historiografia europea hasta el siglo XX. Quizá esta parte, la dedicada al pasado siglo, sea un tanto difusa, más convencional, quizá por que los historiadores contemporaneos le resulten menos gratos que los “antiguos”, quizá por sus enormes proporciones que rompen el placido transcurso del libro y obligan más que a profundizar a citar y reconocer.

En cualquier caso un libro que me ha vuelto a poner en contacto con el pasado a conocer nuevos, para mi, historiadores y recuperar por olvidados o desconocidos episodios o historias de la historia que tanto tienen que ver en la manera que tenemos los europeos de enfrentarnos, o de desentrañar la realidad que vivimos.

Pero yo lo que quería destacar, al menos hoy, era uno de los episodios del libro “Historias de la historia”, como es la Anábasis de jenofonte, también conocida como La expedición de los diez mil. Crónica relatada por uno de sus protagonistas, Jenofonte, el caudillo del ejército mercenario griego atrapado en medio del imperio persa.

Lo cierto es que la marcha de los 10.000 porel imperio persa, ha resultado para mi mucho más interesante que la defensa del paso de las Termópilas de  los ahora famosisimos 300. Pero vamos, nada que Hollywood no pueda remediar y hacer que me interese por las dos historias por igual.

El  ejercito de Jenofontes era un ejército de mercenarios griegos contratado por Ciro el Jovén en su insurrección contra Artajerjes II. La derrota de Ciro y posterior ejecución  de los líderes griegos tras la batalla de Cunaxa llevó a los mercenarios griegos a emprender su regreso a casa dentro de una tierra hostil y exótica. Jenofonte así lo relata en su Anábasis.

Episodio de la retirada de los 10.000 Jean Adrien Guignet (1816-1854)

Episodio de la retirada de los 10.000 Jean Adrien Guignet (1816-1854)

El momento que describe el comienzo de esta entrada, cuando los griegos avistan el mar (thalassa en griego), es el climax de esta obra histórica. Vislumbrar el Mar Negro suponía, tras casi tres años y cuatro mil kilometros recorridos, el final de las penalidades de los diez mil y el regreso a Grecia.

Una odisea, una peripecia vital de esas que tanto gustan de descubrir en nuestras acomodadas y rutinarias existencias. Burrow contempla la crónica de Bernal Díaz del Castillo de la toma de Technotitlán como una “anábasis” hispana. Y seguro que es relativamente  fácil rastrear anábasis en todas la culturas e historiografías nacionales del mundo occidental. Por supuesto algunas con mayor interés que otras.

Y sin embargo, yo echo de menos, aunque seguro que existe, la crónica de la anábisis de la legión checoslavaca. Ya he hablado con anterioridad de este fascinante episodio del siglo XX. Un acto fundacional de Checoslovaquía pero qué, ahora, sé que comenzó con una anábasis. La legión checoslovaca se merece esa narración. Ojalá que ya esté escrita y pueda encontrarla.

Para quién no lo conozca, la legión checoslovaca fue un ejercito armado por el Imperio Ruso durante la Primera Guerra Mundial en su lucha contra el Imperio Austro Hungaro. Con el estallido de la  revolución rusa, el posterior tratado de Brest Litovsk y la guerra civil rusa se vieron obligados a regresar a su patria atravesando la inmensa Rusia desde Occidente a Oriente luchando, eviatando o pactando según fuera preciso con los rojos o los blancos. Como el ejercito de Jenofonte fue un ejercito invicto que luchaba contra poderes locales o se aliaba con ellos, como ellos a pesar de sus victorias sufrieron lo indecible. No puedo sino imaginarme que cuando esos soldados checoslovacos divisaron el Pácifico que baña Vladivostok no hicieron otra cosa que estallar en gritos de Moře!, Moře! ( “El mar, el mar”)

Vladivostok, el final del trayecto

Vladivostok, el final del trayecto

Y si alguién está interesado, ya traté a la Legión Checoslovaca, aunque muy pobremente para lo que se merece, en:

- la Legión checoslovaca en Triumph of Chaos

- La Legión checoslovaca en los juegos de mesa.