Civilización y Progreso

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»La historia de ustedes me es conocida. ¡Qué magnífica cosa, la humanidad! Ciertamente, tengo el deber de saberlo todo acerca de su planeta. Nuestra delegación tomará la palabra en el punto ochenta y tres del orden del día, apoyando la admisión de los terrestres en la Organización de Planetas Unidos con el carácter de miembros permanentes, con plenos derechos y privilegios… ¿NO habrá perdido por casualidad las cartas credenciales? Cambió de tono tan de repente, que me estremecí, negando con fervor. No solté ni un momento de la mano aquel rollo de pergamino, un poco reblandecido por el sudor.

—Bien. Así pues, pronunciaré un discurso, dando relieve al alto nivel de sus logros, que les hacen dignos de tomar parte en la Federación Astral… Es, ya me entiende usted, una especie de formalidad un tanto antigua; no prevé usted ninguna manifestación contraria, ¿eh?

—No…, no creo —musité. —No, seguramente. ¡No se dará el caso! Una formalidad, como dije, pero, en cualquier caso necesito unos datos. Hechos, detalles, ¿me entiende? Por cierto, disponen ustedes de la energía atómica, ¿verdad?

—¡Oh, sí! ¡Claro!

—Perfecto. Ah, es verdad, lo tengo aquí, el presidente me dejó sus apuntes, pero su letra, hm, pues… ¿Desde hace cuánto tiempo?

—¡Desde el seis de agosto de 1945!

—Muy bien. ¿Qué fue esto? ¿La primera estación energética?

—No —contesté sintiendo que me ruborizaba—, la primera bomba atómica. Destruyó Hiroshima…

—¿Hiroshima? ¿ES un meteorito?

—No, una ciudad.

—¿Una ciudad? —dijo, ligeramente inquieto—. ¿Cómo podremos decirlo…? —meditó un momento—. Mejor no decir nada —decidió de pronto—. Bien, bien…, en todo caso, me hace falta algo de lo que ustedes pudieran sentirse orgullosos. Hágame alguna sugerencia. Dése prisa, estamos llegando…

—E… e… vuelos cósmicos —empecé a decir.

—Esto es obvio. Si no los hicieran, no estaría usted aquí —observé con una viveza un poco excesiva para mi gusto—. ¿A qué dedican la mayor parte de la renta nacional? Trate de recordar alguna enorme empresa de ingeniería, la arquitectura a escala cósmica, rampas de lanzamientos de naves a base de gravitación solar, alguna cosa por el estilo — me sugería, pendiente de mi contestación.

—Si, sí, se construye, se construye —dije por decir algo—. El presupuesto nacional no es muy grande, se gasta mucho en armamentos…

—¿Armamentos de qué? ¿De los continentes? ¿Contra los terremotos?

—No… del ejército… de las tropas…

—¿Qué es esto? ¿Un hobby?

—No, un hobby, no… Conflictos interiores —farfullé

—¡Esto no sirve para una recomendación! —dijo, despectivo—. ¡Supongo que no vino usted aquí volando directamente desde las cavernas! ¡Los científicos terrestres deben de haber calculado hace tiempo que una colaboración interplanetaria es más provechosa que la lucha por el botín y la hegemonía!

—Lo han calculado, lo han calculado, pero hay motivos… de naturaleza histórica, señor.

—¡Dejémoslo! —dijo—. Mi misión no consiste en defenderles aquí como a unos reos, sino encomiarles, recomendar, nombrar sus méritos y virtudes. ¿No lo comprende?

Diarios de las estrellas, Stanislaw Lem. Viaje VIII

La memoria es una caja de zapatos

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He vuelto a leer un libro como hace tiempo que no leía. Todas las noches de este verano acudía puntual a mi cita con Robert Fisk. Rápidamente la incertidumbre que se tiene cuando se leen las primeras páginas desapareció. Cada noche sabía que iba a pasar unas horas de desasosiego, indignación rabia e impotencia. Y sin embargo no podía dejar de leer sobre el pasado más reciente y la tragedia de Oriente Próximo o Medio, de Afganistán o de Bosnia.

La gran guerra por la civilización así se titula ese monumento a la memoria, la obra de un periodista británico que arroja luz sobre esos países que día sí, día también ocupan buena parte de los noticieros del mundo.

Robert Fisk intenta comprender la tragedia del mundo árabe y del mundo musulmán. Como corresponsal en Libano, Afganistán, Iran, Irak… se convirtió en testigo directo, pero eso no era suficiente. Fisk recurre y necesita de la Historia para entender lo que nuestros ojos occidentales ven. Pero aún así no es fácil, nuestros prejuicios y valores dictaminan un juicio que nos alejan de cualquier entendimiento. Y Fisk se empeña en comprender. Para ello recurre a la figura de su padre, quien fuera soldado de Su Majestad  en los campos de Francia en la Primera Guerra Mundial.

En cierto momento La gran guerra por la civilización se convierte por unas páginas en el relato de la reconstrucción del Bill Fisk soldado. El padre nunca había hablado de su experiencia en la Gran Guerra, era algo que incomodaba y evitaba hablar con su hijo.

Así que Fisk tuvo que esperar a la muerte de sus progenitores para saber algo más de aquello. Todo lo que obtuvo era una caja de zapatos llena de recuerdos. Algunas fotografias de su estancia en Francia, y una pequeña entrevista inacabada que Robert Fisk encargó a su madre sobre el paso de Bill por el frente.

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Un tesoro guardado en una caja de zapatos

Eso era todo, y sin embargo, que valioso. La memoria cabe en una caja de zapatos. En mi casa también existe una caja de zapatos, contiene la memoria de mis abuelos  paternos. Son fotografías, facturas, toda una colección de facturas, postales en blanco y algún que otro recorte de periódico. Mi abuelo fue un portero de fútbol semiprofesional, alcanzó la final de la Copa de la República con el Valencia y la guerra civil parece que frustró una carrera prometedora, luego se conformó con las glorias del futbol regional, la semifinal de la copa del rey, y ya retirado del futbol con las labores de palangre en el muelle viejo de Portugalete. La historia de mi abuela es más anónima, su carnet de jubilada y fotografías con sus hermanas y maridos. Si no fuera por aquellas charlas y arengas que me daba cuando la visitaba apenas si sabría de ella, o de mi bisabuelo que una bomba fascista mató porque se negaba a ir al refugio “van a desperdiciar una bomba en alguien tan pobre como yo”. Madrileña, monárquica, católica que paso toda la Guerra Civil en zona republicana, primero en Madrid, luego en Valencia donde conocería a mi abuelo. Que curioso, la caja de zapatos me hace pensar que mi existencia solo fue posible por el drama de la guerra, un vizcaíno y una madrileña que se conocen y enamoran en la Valencia de 1938. Y pienso en mi propia vinculación al drama histórico y la felicidad personal. Sin la tragedia de Chernobyl no habría conocido al gran amor de vida, no hubiera nacido la pequeñaja que alegra mis días.

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Y pienso en esa misma pequeña , que supongo que como todos los hijos construye su imagen sobre su padre. Una imagen llena de silencios. Quizá en un futuro quiera entender a su padre, quizá quiera saber más sobre él. Pero no le habré dejado nada, no habrá una caja de zapatos, ni fotografias, ni postales ni facturas. Si acaso un pendrive, quizá si aprende a leerme entre lineas llegue a conocerme de otra manera. Quizá este blog, después de todo, sirva para algo.

 

Stone Age. El paseo de un niño por el Neolítico.

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A veces me dejo llevar por mi tendenciosa imaginación, y se me ocurre que si preguntara a los niños con los que tengo contacto, que no son pocos,  por el pasado muy, muy lejano me responderían que en una galaxia muy, muy lejana cruceros imperiales perseguían transportes rebeldes.

Tengo una hija de ocho años, y también intento enseñar a un par de grupos de chavales de colegios, la técnica del ajedrez y las bondades de los llamados juegos modernos. Con esas circunstancias me hago una cierta idea de la relación que con el pasado tienen los rapaces. Me gustaría escuchar algo parecido al relato mítico de star wars; un pasado monolitico, fántastico y coherente, ilustrado por imágenes de películas y series de dibujos animados, una pasado lleno de romanos, vaqueros, indios y piratas. Pero no es así, salvo alguna referencia T-Rex el pasado es un lugar ignorado por los niños.

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El pasado puede ser un lugar tranquilo

En mis tiempos había series como Erase una vez el hombre pero hoy en día creo que no hay nada parecido, se me antoja que en cierto modo los niños están huérfanos de historia. Que la terminaran conociendo en el colegio en forma de libro de texto y exámenes. Y sin embargo, que divertida es la historia, inspira libros, películas y juegos. Pero ellos no lo saben.

Así que convierto a los juegos en herramienta. Me sirven para contar a mi hija algo de lo que sé del pasado, de como pensarlo o sentirlo. No todos me sirven igual a mi propósito, hay muchos con un tema y acciones demasiado laterales, de los que cuesta mucho ofrecer una visión general, un vistazo rápido al momento que intento revelar.

Uno de mis juegos preferidos es Stone Age, un juego de colocación de trabajadores, un eurogame ambientado en la llamada Edad de Piedra, aunque en realidad las ilustraciones y acciones remitan a solo una parte de la misma, el Neólitico.

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la cara tras la lección de historia

En Stone Age los jugadores intentan hacer progresar su tribu, mejorar su aldea, alimentarla y obtener recursos mediante sencillas operaciones matemáticas, básicamente la división del valor obtenido por los dados por el coste del recurso.

Cuando se juega con niños de ocho o nueve años el primer valor que se descubre en Stone Age que les obliga a tener cierta fluidez con la recién adquirida habilidad matemática, la división. Todavía les falta la visión de conjunto de calculo de probabilidades aplicada a un objetivo final y básicamente se dedican a obtener recursos que en un turno posterior, a veces muy posterior, cambiaran por alguna mejora del pueblo de la tribu.

Sin embargo no es el uso de pequeñas operaciones matemáticas lo que más destacó del Stone Age con niños. El juego es un enorme catalizador para una gran lección de Historia, el Neolítico. El juego dispone todo para que se capte de manera sencilla la historia y lo que es mejor, de una manera material, ajena a grandes gestas y héroes.

En primer lugar tenemos los materiales, los habitantes de la aldea se pasan la vida, el juego, trabajando, no hay lugar al ocio, ni a la escuela. Cosa que me sirve para lanzarla discursos moralizantes sobre la infancia. Mi hija goza de su infancia, pero le explico que eso no ha sido así siempre, que los hombres, y por su puesto, sus criaturas han sido fuerza de trabajo, hasta hace bien poco.

Relacionado con ello están las acciones de aumentar la tribu y cosechar el campo. El juego tiene un limite de 10 para ambos. Tú tribu no excederá los diez integrantes y la tasa de recolección de diez. Yo lo uso para explicarle los limites del crecimiento, que no todas las tierras son igual de productivas, que hay campos buenos y campos malos. Que solo mucho después, la ciencia del ser humano permitiría aumentar las cosechas y el crecimiento de la población. Más allá de lo que asimile, el juego sí ofrece limites que los niños entienden y deja muy claro que el hambre es un lastre para el progreso, que alimentar a la tribu es fundamental. Es un buen momento para hablar de una revolución fundamental La Agricultura, de como el hombre dejo de asaltar los arbustos, para domesticar a la naturaleza (y viceversa)

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Preciso cuchillo de silex y hueso

Luego tenemos las herramientas, esos prodigios de las lascas que producían la industria lítica del neolítico. En el juego el dibujo no les hace la justicia que se merecen.

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el clásico hacha de guerra

Yo intentó explicar a donde habían llegado los habitantes del neólitico tras dominar la piedra, tras aprender que más efectivo que tallar la piedra original era hacerlo con la lasca que se desprendía. Y que no solo se usaba piedra, aunque la Edad de Piedra parece que nos diga eso. Nuestros antepasados eran listos, y hábiles. Con lo que tenían hacían cosas que nosotros no seríamos capaces.

Con Stone Age recorro con mi hija el Neolítico de manera tranquila, sin grandes hazañas, damos la pasos que luego llamamos civilizados, descubrimos la cerámica, el arte, damos sentido al tiempo, apreciamos la música, y tejemos nuestros primeros vestidos.

Me gusta pensar, aunque quizá me equivoque que juntos hacemos lo que parecía hacer el ser humano en aquellos tiempos, descubrirse a si mismo. Nos acercamos al origen del ser moderno, una historia apasionante, y en un juego.

 

 

 

 

 

 

 

 

Babbit, el youtuber y los juegos de mesa

No hacia nada de particular, ni mantequilla ni zapatos ni versos, pero era hábil para vender casas en más de lo que la gente podía pagar. Babbitt de Sinclair Lewis

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Te gustan los juegos, te gusta hablar de juegos, lees blogs, escuchas podcasts y ves vídeos sobre juegos. Y un buen día, sin haberlo pensado muy bien decides hacerlo tú también.

Así a priori el vídeo parece el más difícil; hace falta equipo, y tú cara se ve, y tu voz se escucha. ¿en qué demonios estabas pensando? Pero salvados mal que bien esos escollos iniciales, decides seguir adelante.

Y te fijas en lo que hacen los demás, en como lo hacen, en su ritmo de publicación, y, lastima, en el numero de seguidores, en los me gusta y en el volumen de reproducciones. Todo el mundo se fija, todo el mundo habla de ello.

Y aprendes a saludar a la audiencia de manera entusiasta y original, esa será la marca de la casa. Y no tardaras en acabar los vídeos con “No olvidéis dar al me gusta y suscribiros al canal”. No sabes muy bien porque lo haces, pero todo el mundo lo hace. Hay gente que vive de ello, no es tu caso, pero el mantra de youtube es tu mantra.

Y descubres que tus cuatro juegos están pasados de moda, que lo que hace falta es tener un ritmo trepidante de publicación y de jugosas novedades. Otra vez es youtube y su política que beneficia a los elegidos, pero tú ni te lo planteas. Todos te recomiendan eso. Y te dejas el dinero que no tienes en novedades que alimenten al canal con la esperanza de cada vez llegar a más.

Tarde, demasiado tarde, te das cuenta que una cosa es hablar de juegos con tus amigos o en twitter. Y te vuelves a fijar en los demás. Y no caes en la cuenta que ellos tampoco parecen tener muy claro como se habla de juegos. Y vas a lo fácil, tu también sabes desprecintar un juego con música de fondo. Y compruebas con satisfacción que hay a quien le gusta.

Y tu, tampoco esta vez sabes el motivo, empiezas a llamar reseña a una explicación de reglas. El relativismo de la red te protege y tanta gente no puede estar equivocada.

Y comienzas a llevarte bien con los otros youtubers, compartís enlaces y espacios. Y como antes en los colegios, y después en los blogs y ahora en los canales de youtube os montáis vuestras lindas cadenas donde todo es rosa.

Y, por supuesto, todos te recomendaran que seas tu mismo, aunque la inspiración y la forma de hacer las cosas sea la misma para todos. Aunque un canal se parezca como una gota de agua a otro canal.

Hasta que llega un día un hater, uno de esos seres que solo sueltan veneno y te acusa de promoción o de publicidad o que se yo que otro disparate. Nunca te paraste a pensarlo, y así, a bote pronto, te parece un disparate. pero hay una vocecita en tu interior que, desesperada, te dice que igual la crítica tiene un fondo de razón.

Ay, en youtube, todo parece promoción, sobre todo y en primer lugar del propio canal, y después de los productos que se hablan. Ya está lejos el entusiasmo de los propios vídeos. No es de extrañar el ritmo de publicación de los juegos y las exigencias de alimentar al canal han terminado por hacerte buscar soluciones rápidas. Y no hay nada mejor que adorar al dios de la novedad. El publico reacciona bien y es muy fácil presentarlas. Y todos contentos.

El problema viene si en algún momento has pensado que no la hacías o que no querías hacerla. Despierta del sueño, tampoco es tan malo, y desde luego no somos puros. Desde siempre se ha recomendado libros, películas, series de tv y juegos. Creo que todos hemos regalado, prestado o hablado bien y mal de ellos a nuestros amigos y conocidos. Es normal que se haga en la red. El problema es cuando nos convertimos en voceras y noticieros rutinarios sin ser nosotros ni arte ni parte. Cuando regalamos sonoros epítetos a algo que no tenemos ni pajolera idea.

Pero eso es youtube eso es ser youtuber. Youtube, el fenómeno youtuber para ser exactos, no es más que la degeneración de la televisión más comercial. Sí, de acuerdo en los blogs sucede algo parecido. Pero el formato youtube es cada vez más acusado en los vídeos. Y a mi no me gusta, dejame decirtelo, no todo en esta vida van a ser pulgares para arriba. La esperanza, la mía al menos está, en que es más cuestión de las formas que se imponen en youtube que en los propios responsables de los canales. En sus manos está librarse de los corsés.

P.S evidentemente esta entrada esta inspirada en un par de tweets de @MrPlayforlive un tipo muy simpático, me niego a llamarle youtuber, que trata de hacer bien las cosas y ser honesto consigo mismo y con los demás. Cosa que admiro. Pero una cosa es como empiezo pensando en una entrada y como se me va la pelota cuando la escribo. Así que los aludidos espero que me perdonen.

 

 

Runebound, ¿el viaje a una gran aventura?

Entretanto la sólida nave en su curso ligero
se enfrentó a las Sirenas: un soplo feliz la impelía
mas de pronto cesó aquella brisa, una calma profunda
se sintió alrededor: algún dios alisaba las olas.
Levantáronse entonces mis hombres, plegaron la vela,
la dejaron caer al fondo del barco y, sentándose al remo,
blanqueaban de espumas el mar con las palas pulidas.
Yo entretanto cogí el bronce agudo, corté un pan de cera
y, partiéndolo en trozos pequeños, los fui pellizcando
con mi mano robusta: ablandáronse pronto, que eran
poderosos mis dedos y el fuego del sol de lo alto.
Uno a uno a mis hombres con ellos tapé los oídos
y, a su vez, me ataron de piernas y manos
en el mástil, derecho, con fuertes maromas y, luego,
a azotar con los remos volvieron al mar espumante.
Ya distaba la costa no más que el alcance de un grito
y la nave crucera volaba, mas bien percibieron
las Sirenas su paso y alzaron su canto sonoro:
“Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises,
de tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto,
porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda
a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye.
Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas:
los trabajos sabemos que allá por la Tróade y sus campos
de los dioses impuso el poder a troyanos y argivos
y aún aquello que ocurre doquier en la tierra fecunda”.
Tal decían exhalando dulcísima voz y en mi pecho
yo anhelaba escucharlas. Frunciendo mis cejas mandaba
a mis hombres soltar mi atadura; bogaban doblados
contra el remo y en pie Perimedes y Euríloco, echando
sobre mí nuevas cuerdas, forzaban cruelmente sus nudos.
Cuando al fin las dejamos atrás y no más se escuchaba
voz alguna o canción de Sirenas, mis fieles amigos
se sacaron la cera que yo en sus oídos había
colocado al venir y libráronme a mí de mis lazos.

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-¡Ulises! ven a jugar al Runebound -¡No!, yo seguiré buscando mi Itaca, mi Unicornio Rosa

Ulises, Odiseo es el protagonista de la primera gran aventura; La Odisea. Odiseo es un héroe enfrentado a su destino que emprende un gran viaje. La Odisea es una gran aventura salpicada de pequeñas aventuras, de terribles enemigos pero también de magníficos aliados, de contratiempos y de golpes de fortuna, de catacumbas, de dioses, reyes y esclavos.

Runebound, EDGE 2016, es un juego que se autodefine como “Un Juego de tablero de Aventuras de Fantasía” (No tengo muy claro porque insistir en lo de fantasía, supongo que con eso quiere decir “fantástico medieval” ese genero que popularizó primero El señor de los anillos y Dungeons&Dragons después, para gran pesar del cura y del barbero de Cervantes. )

En cualquier caso tenemos a un juego que se presenta como juego de aventuras, y no como juego de rol de tablero o como juego de mazmorras, detalle para mi muy importante.

Y realmente es eso, el juego no da tanta atención al detalle, a las pequeñas aventuras como a la gran aventura, al gran relato. Al menos en lo que a la estructura y visión general que tiene el jugador.

El juego ofrece a través de su tablero, el mapa de un reino imaginario, y de sus diferentes mazos de cartas, encuentros con feroces enemigos, misiones a regiones inhóspitas o chismorreos en los mercados de las grandes ciudades. Pero todo forma parte en mayor o menor medida de la gran aventura que en realidad nos compete realizar, derrotar al gran villano que amenaza con destruir el mundo conocido.

Así, a priori, el juego contiene todo lo que uno demanda para ser el protagonista de una gran aventura, esto es un gran viaje, me encanta viajar en los mapas de un juego, monstruosos enemigos que podrían figurar en los mejores bestiarios medievales y magia por todas partes, hay espadas mágicas, varitas, capas, y todo lo que estamos acostumbrados a encontrar.

Y sin embargo el juego no maravilla, entretiene pero no maravilla. Y para que un juego tenga sentido de la aventura debe tener sentido de la maravilla. La mecánica de encuentros, revelar una carta del mazo en un hexágono donde sabes que se va producir un encuentro, termina por dominar todo el juego. Los jugadores provocan los encuentros sin otra finalidad que acumular ventajas para el combate final.

Los turnos se viven con avidez, quiero que me toque ya para ver si el encuentro me proporciona algo valioso, para ver si de una vez por todas llego al bosque de los ladrones, pero ni el encuentro ni el viaje proporcionan placer, solo se trata de encontrar el premio.

Todas las cartas del juego tienen un efecto; un premio o un castigo, pero también un texto de ambientación. Pero ya desde la primera partida se lee solo el efecto, la ambientación, al menos en su parte escrita resulta superflua. Nuestros ojos aprenden que lo que importa está al final de la carta y allí se dirigen raudos.

La narración externa se convierte en superflua y entonces Runebound deviene repetitivo repetimos las mismas cuatro acciones durante las tres o cuatro horas de partida, perdemos la noción de viaje, de gran aventura y la aventura se convierte en más pequeña. Y entonces ocurre que Runebound ya no me recuerda a La Odisea, si no a una versión menor de Río Bravo, aquella película de Howard Hawks donde John Wayne se atrinchera en una destartalada cárcel tras hacer acopio de armas y aliados y un enfrentamiento final resuelve el conflicto. Runebound convierte lo que a priori es un gran mundo donde pasan muchas cosas en un pequeño almacén donde buscar lo que nos hace falta antes del enfrentamiento final. Quizá por eso vengan las quejas del entreturno, que a mi me parece que no es nada largo, el problema es el escaso grado de satisfacción que nos deja lo que hacemos una y otra vez. De esa avidez porque nos toque de nuevo, ya que la narración al estar tan individualizada no es si no interrumpida por los otros jugadores. Así el juego termina por destruir cualquier atisbo de tensión y coquetear peligrosamente con el tedio.

Quizá sean los limites de los juegos de tablero, quizá sea imposible trasladar un gran narración a un juego de mesa, al menos con la incorporación de texto. O quizá sea que no basta con tópicos repetidos una y mil veces para alcanzar ese sentido de la maravilla tan necesario para sentir la aventura. Runebound es un juego de aventuras, sí, pero no es un gran juego de aventuras.

 

 

 

 

 

 

El pánico a Pokemon Go

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No sabemos muy bien si estos soldados están buscando Pokemons o cazadores de Pokemons

Un supuesto común era el de que había algo impropio en la literatura de evasión. La idea de que uno pudiera recurrir a los relatos para huir, siquiera de forma fugaz, de las preocupaciones cotidianas del trabajo, la familia, etcétera, parecería considerarse algo negativo, casi igual al alcoholismo o al consumo de drogas. El argumento puritano estribaba en que el consumo de cultura debía estar presidido por un propósito: el de la superación personal. Sin embargo, muchos de los que proponían estos puntos de vista no consideraban que la absorción de grandes dosis de Shakespeare, Dante o Goethe fuese una forma de evasión, pese a que no resulte autoevidente que la lectura de estos autores pueda “mejorarnos” más que la de Agatha Christie. Donald Sassoon Cultura, pág 1053

Escucho, sin pretenderlo, en la terraza de un bar a una señora mayor. Su tono muestra indignación, ¿de qué hablara? Vaya, parece que la bronca va sobre Pokemon Go, también ella parece necesitar dar su propio punto de vista sobre el fenómeno de nuestros días. No me llegan las respuestas de su interlocutor, habla por el móvil, pero parece que hay consenso y asentimiento mutuo en sacudir a los que pasan las horas con el juego de Nintendo. “Podía ser yo” y ese pensamiento me preocupa en parte.

La buena mujer parece una más de su generación, una más que se ha partido el espinazo y el alma en trabajos penosos toda su vida y solo con la jubilación ha podido disfrutar de la sociedad del ocio que vivimos. pienso en ella como una inadaptada, educada en el esfuerzo y en valorar la cultura del ahorro y el provecho que de repente se ve inmersa en la sociedad de la opulencia y el hedonismo. Salpica su diatriba con vivencias del pasado “Con esos años yo…” pero también con las más oscuras referencias que parece obtener del whatsapp y de las cloacas de la televisión.

No hay especial sabiduria en todo lo que dice, en realidad es un recorrido por los lugares comunes y anecdotas que hemos podido ver en nuestras redes sociales estos días. También ella ha sentido la necesidad de juzgar a pokemon Go, como yo.

Parece como si hubiera dos bandos, los que atacan y los que defienden a pokemon. Por supuesto existen los que se limitan a jugarlo o los que lo ignoran, pero es en esa supuesta polaridad donde quiero detenerme.

Es curioso como ambos bandos insisten en juzgar desde supuestos morales al juego. Sin ningún dato real de la incidencia del juego en la vida real los detractores insisten en anécdotas del que cayo al agua, el que fue atropellado por un coche. Desde el púlpito se condena la practica “te vuelve idiota, te enajena, te convierte en una pieza más del marketing del ocio, es peligroso (te pueden atropellar), te olvidas de los animales abandonados (sic)” *

Hace 100 con el nacimiento del cine se leía algo parecido se sugería que el cine era pecado ” Ramón M. de Bolos en su panfleto titulado Es pecat anar al cine? no sólo sugería que era pecado, también lo desaconsejaba basándose en que deprimía a la gente, atrofiaba el cerebro, era malo para la vista y resultaba peligroso (ya que los cines se incendiaban con frecuencia)”

Por otro lado frente a la inquisición encontramos a la beateria.  Jugar a Pokemon Go no es sólo entretenido sino que también es beneficioso; física y espiritualmente. Y hace milagros. Pokemon Go cura el autismo, propicia la sociabilidad, fomenta el conocimiento del patrimonio cultural y cuida la forma física al sacar a los friquis de casa. Pokemon Go da buenos hábitos.

Exactamente igual que con el cine hace cien años, en la revista Moving Picture World de julio de 1908se podía leer “los espectáculos cinematográficos están logrando  que la templanza progrese calladamente… Hombres a los que antes se veía rara vez por la calle en compañía de sus esposas e hijos han comenzado a adquirir la costumbre de acudir prácticamente todas las noches con su familia durante una hora a los cines por cinco centavos”

A la cultura de masas siempre se la ha juzgado, para bien o para mal desde puntos de vista morales. Quizá no sea la mejor manera de acercarse a la cultura, a los juegos. Quizá estos tengan algo propio que decir y sea más acertado interrogarlos como artefactos de ocio que como catalizadores de la moral.

Hay quien lo hace, Victor Navarro Remesal (@VtheWanderer  en twitter ) escribía ayer en El Mundo de Baleares sobre Pokemon Go. Y sin moralina alguna. No es el único, quizá es a ellos a quienes debamos dirigir la mirada y evitar el pánico y las revelaciones.

¿Dónde y cómo cazar con Pokémon GO en Palma? Artículo de Adrián Quevedo con Victor Navarro Remesa

* y ** ambas citas tomadas del capítulo El pánico cultural, en Cultura de Donald Sassoonn

Notas para pensar

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Hay libros que se leen furtivamente. El lector es consciente de que los libros revelan algo de quien los lee. Leer en público una novela romántica para mujeres publicada por Harlequim o Mills&Boon, por ejemplo en un tren, puede despertar la compasión e incluso el desprecio; la inteligencia y la cultura de la lectora se ponen en duda. Del mismo modo, un joven que hojeara una revista “de desnudos”, aunque tuviera las pretensiones intelectuales de Playboy, y se detuviera a observar las fotos con una sonrisa de satisfacción podría quedar en entredicho y recibir censuras. Donald Sasoon, Cultura, pág 1290

Sigo pensando en pokemon go. Trato de ser indulgente conmigo mismo. Intento rebatir a aquellas voces, mías y ajenas, que me acusan de elitismo, snob, aristócrata, o policía del pensamiento y del ocio.

No lo consigo, no consigo despegarme de la terrible idea de que quizá este equivocado. Busco consuelo en Donald Sasson, solo en él he encontrado una visión material y no idealizada de la cultura. Por supuesto, no lo encuentro. Parece como si me dijera que me fijo en lo que no importa, que no acierto a ver que no se trata de si está bien o está mal lo que hacen mis congéneres. Creo que me está diciendo que hago las preguntas equivocadas. Pero el muy … no me dice cuales son las correctas. Creo que nunca seré capaz de hacerlas.

El párrafo de arriba. La primera vez que lo leí me deje llevar y no le preste demasiada atención. Un rato después volví atrás y lo leí de nuevo. Era verdad, yo he juzgado en el metro, en el autobús, donde fuera a la gente por los títulos de sus libros. Es más, en las raras ocasiones que me encontraba que alguien forraba su libro para ocultar el título le condenaba con el perjuicio de la duda.

Pero es peor aun, sin bastarme con escrutar los títulos de mis compañeros de transporte publico, yo he exhibido, como un estúpido pavo real, mis libros. Que imbécil, que arrogancia más idiota.

Quiero pensar que el mundo del juego es una actividad de masas más tardía. Que ha llegado cuando la aristocracia parece que no pesa en el mundo. Que su origen más humilde lo va a salvaguardar de miradas tan estúpida como la mía.