Revelar lo oculto (El club de los martes)

Ya me gustaría poder reseñar el juego de José Carlos de Diego El club de los martes. Desgraciadamente todavía no he jugado ni una sola partida, aunque si he tenido el placer de leer un par de veces, saborear más bien su excelente reglamento.

Por que el reglamento destaca por la precisa ambientación que da del Londres victoriano, personajes arquetípicos, ambientes acostumbrados. Pero también novedades para el jugador sin especiales conocimientos de la época, como las sociedades de la época.

El club de los martes no es un juego de mesa al uso, más bien es un juego de interpretación en torno a una mesa. Aquí varios jugadores deberán luchar por ser los primeros en resolver un enigma propuesto por el “anfitrión”. Y ya está, eso es todo, un caso para emplear nuestra capacidad de aproximarlo lejano a lo cercano para encontrar pistas y establecer hipótesis.

Desde luego es un juego exigente, tanto por la labor que deben hacer los investigadores, como a la manera de interpretarlos por parte de los jugadores. Pero sobre todo a la labor del “anfitrión”, para poder hacer un caso que consiga hacer de la sesión un deleite. Hrramientas hay; saber usarlas me parece a mi otra custión, supongo que los jugadores de rol llevaran un poco de ventaja en hacer llegar a buen puerto una partida.

El club de los martes seduce, y hasta, en mi caso, despierta ideas peregrinas. No soy historiador, pero gusto de la historia, mejor dicho de las historias. Este juego tiene un potencial pedagógico enorme y debiera introducirse en todas las facultades de Historia de este país. Marc Bloch, siguiendo con una idea Karl Marx, comparaba a los historiadores con los detectives, incluso con los jueces. Efectivamente, preparar una sesión de este juego tiene 2 grandes potenciales. Por una parte hacer un uso sabio de las fuentes de la época, filón inagotable de casos para este juego, y por otro, más interesante si cabe, “revelar lo oculto” elegir un crimen que sea algo más que el propio crimen, que consiga quitar la careta con la que el oficialismo disfraza el verdadero rostro de la sociedad. La historia de genero es pionera en utilizar alguno de estos casos, pero hay más, mucho más, que abarcan desde la clase obrera a la infancia, pasando por la literatura, la cultura popular etc., etc…

Como homenaje al autor (también conocido por wkr en la bsk, reproduzo a continuación el serial que he estado colgando en el mismo foro, extraido, sin permiso, de Cultura. El patrimonio común de los europeos que es el horrible título que Editorial Crítica ha dado a The Culture of the Europeans. From 1800 to the present de Donald Sassoon (2006)

El nacimiento del Detective

La novela de detectives es un género que desde su creación, a finales del siglo XIX, ha prosperado de modo constante y continúo en el transcurso del siglo XX, mientras que otros géneros, como el del “Oeste”, tan populares en el siglo XIX, han quedado en el camino. […]
Estrictamente hablando, hace siglos que existen relatos centrados en la búsqueda del autor de un crimen. Contemplando desde un ángulo más amplio, el detective no es otra cosa que el clásico “enderezador de entuertos” de los cuentos de hadas. Según algunas definiciones, El “Edipo” de Sófocles podría clasificarse en la categoría de los relatos detectivescos, un relato en el que Edipo, el investigador, en su esperanza de averiguar quién mató a su antecesor, el rey Layo, descubre que fue el mismo, que Layo era su padre, y que él, Edipo, se ha casado con su madre. El imaginativo giro argumental -el de un detective que es al mismo tiempo el asesino- fue utilizado posteriormente por escritores de novela negra como Agatha Christie, que lo emplea en “El asesinato de Rogelio Ackroyd” (1926). Con un poco de de imaginación, son muchos los relatos que pueden ver modificada su clasificación y concebirse como historias de ficción detectivesca. El humorista James Thurber, en su relato breve titulado “The McBeth Murder Mistery”, parodia el género al imaginar la reacción de una lectora exclusivamente familiarizada con los relatos de detectives tras leer por vez primera el McBeth de Shakespeare. Al llegar a la mitad del libro, exclama “No creo ni por un momento que haya matado al rey… Y tampoco creo que la mujer de MacBeth se haya visto involucrada en el crimen. Desde luego son los que mayores sospechas despiertan, pero ésos son los personajes que nunca son culpables -o los que no debieran serlo, en todo caso-” El verdadero culpable, afirma confidencialmente, es Macduff.”

Los cuentos de hadas en que unos personajes de asombrosa capacidad de observación descifran las pistas ofrecen nuevos elementos para el desarrollo del género. En un cuento de hadas de origen persa, escrito en italiano por Cristofere Armeno -un veneciano de ascendencia armenia- impreso en 1557 y traducido luego al francés en 1719 por el caballero de Mailly –Le voyage et les aventures destrois princes de Sarendip-, vemos deducir a los tres príncipes epónimos que un determinado camello, al que no han visto, es tuerto, cojo y ha perdido un diente. La falta de visión del camello en un ojo se hace patente por el hecho de que come únicamente la hierba de uno de los lados de un sendero, pese a que en el otro haya mejor hierba. La cojera se percibe en la desigualdad de sus huellas, y el diente caído se detecta en algunos bocados de comida a medio mascar que se han encontrado. en el Zadig de Voltaire (1747), el héroe ofrece descripciones similares de animales que no ha visto basándose en las pistas que dejan tras de sí. Poco a poco empezaron a aparecer en la narrativa de los primeros investigadores, como por ejemplo en Las aventuras de Caleb Williams (1794) de William Godwin, mientras que Eugène Vidocq, un expresidiario que terminaría convirtiéndose en el primer jefe de la Surete, la policía parisina, describe sus métodos de investigación en sus Memorias seminoveladas (1828), escritas en realidad por dos “negros”: Emile Morice y Louis François l´Heritier. Este texto se vio seguido de una avalancha de memorias de expolicias: William Russell escribió unos Recollections of a Detective Police Officer (que se publicarían por entregas entre los años 1849 y 1853); Thomas Delf (con el seudónimo de “Charles Martel”) dio a la imprenta The diary of an Ex-Detective (1860), y en 1864, Andrew Forrester sr. publicó The Female Detective. Émile Gaboriau, el primer autor francés que escribe un relato detectivesco, creó a monsieur Lecoq (1868), un detective cuyo nombre es una evidente alusión a Vidocq.


En esa época, la idea de resolver misterios valiéndose de indicios se utilizaba en novelas que normalmente no se consideraban “relatos de detectives”. En Casa desolada, Dickens presenta a un policía particularmente decidido; el inspector Bucket. En El conde de Montecristo de Dumas, el abate Faria revela a Edmond Dantés la conjura que ha llevado a éste a prisión por medio de los datos que el propio Dantés le suministra. Para que el género de los relatos de detectives viera la luz, primero fue necesario que una comunidad de lectores, escritores y editores mostrara deseos de leer, escribir y publicar relatos cuyo núcleo fuese la investigación de un delito, por lo general un asesinato. Al empezar a escribir Los crímenes de la calle Morgue, Edgar Allan Poe, a quien con frecuencia se considera el padre del género, no era consciente de estar creando un relato de “detectives”. De hecho, él llamó a eso textos “cuentos de raciocinio”. Tampoco respetaba en esa obra lo que más tarde habría de convertirse en un requisito convencional, a saber, el hecho de que tuviera que haber un asesino. Los personajes de su relato que terminaban asesinados, madame LÉspanye y su hija, no habían perecido a manos de un criminal, sino de un orangután que se había escapado de un zoo. Lo llamativo no había sido su espectacular muerte -muy normal en la literatura de terror- sino la presencia del omniscente investigador Auguste Dupin, que resolvía el caso tras reunir una serie de pistas que otras personas menos atentas habían pasado por alto. Se consideró el hecho de que el relato era un puro ejercicio intelectual, algo que se adecuaba admirablemente al espíritu de una época apasionada por la ciencia y el método científico. En el posterior texto de Poe, titulado El misterio de María Roget, Dupin resuelve el enigma basándose enteramente en las deducciones que le permiten los recortes de prensa y los informes de la policía. No sale de casa ni una sola vez. Los crímenes de la calle Morgue s de Filadelfia. En 1846 se tradujo al francés. Desde luego, el hecho de que Poe hubiera ambientado sus relatos de misterio en París y de que los personajes fueran franceses contribuyó al éxito y a la difusión de estas obras en Francia, pero no hubo avalancha de imitaciones.

Lo que terminaría conociéndose como el primer relato inglés moderno de detectives, La piedra lunar de Wilkie Collins, no aparecería hasta el año 1868, 27 años después de Los crímenes de la calle Morgue de Poe. La novela comienza como un cuento de hadas, ya que narra la historia de la maldición de un enorme diamante (la piedra lunar). Después evoluciona, de modo bastante original, y se convierte en un relato narrado por varios personajes que se turnan para contar la historia, con la particularidad de que el relato de cada uno de ellos retoma el hilo de la trama en el punto que lo ha dejado el anterior (una técnica que Collins utilizó también en La dama de blanco). De este modo, tenemos varios narradores que hablan en primera persona, aunque no solo son incapaces, todos ellos de resolver el misterio, sino que ni siquiera alcanzan a comprender plenamente lo que está sucediendo.
La piedra lunar contiene referencias literarias a Dante y a la célebre oda de Klopstok que menciona Goethe en el Werther. La intención quizá fuera la de divertir y halagar al público culto. El mayordomo, Gabriel Betteredge, relee constantemente el Robinson Crusoe. Se ridiculiza aquí a varios clásicos del siglo XVIII, entre ellos la Pamela de Richardson: “todos ellos”, escribe Collins, “son (cómo no) inconmensurablemente superiores a cuánto se ha producido en tiempos posteriores; y… poseen el gran merito de no captar el interés nadie y de no estimular el cerebro de nadie”. Hay en el libro dos narradores ingenuos y desconcertados a los que se convierte en objeto de burla: el mayordomo y la señorita Drusilla Clack, una resuelta evangelista. También aparece un personaje que terminaría por convertirse en una figura arquetípica: el policía ineficiente (el subjefe de policía Seegreve, un lugareño de Yorkshire). Por último, encontramos al detective propiamente dicho, un hombre “corriente”, aunque de gran profesionalidad; el sargento Cuff -casi omniscente, aunque no tanto, como su sucesor Sherlock Holmes-. Para dar cierto color a un personaje que de lo contrario podría parecer poco más que una máquina detectora, se presenta a Cuff centrado en una afición, en una pasión por el cultivo de las rosas, un signo precursor de la inclinación de Sherlock Holmes a tocar el violín y del gusto por las orquídeas de Nero Wolf. Geraldine Jewsbury, en una reseña del libro que aparece publicado en el Athenaeum del 25 de julio de 1868, lo considera algo falto de sutileza, pero añade que sus lectores lo “devorarán sin descanso ni pausa”. El epílogo “compensa el elemento detectivesco, algo sórdido, al introducir un tensión de solemne y conmovedor interés humano”. Al crítico del Spectator tampoco le gustó la faceta “detectivesca”: “La piedra lunar no está a la altura de la reputación que tiene el señor Wilkie Collins como novelista. Tanto la construcción como la deducción de los enigmas son inocuos ejercicios de ingenio, pero si los hombres inteligentes se aplican a ellos no dejarán de descubrirlos”.

El interés en los crímenes y en su resolución se mantenía vivo por medio de la inagotable fuente de crímenes reales, o próximos a la realidad, que describía regularmente la floreciente prensa popular. Los reportajes sobre cuestiones delictivas y sobre la identificación de los culpables contribuyeron a popularizar los personajes del asesino y del investigador. De este modo Balzac basó su obra Un asunto tenebroso (1841) en el misterioso rapto de un político, el senador Clément de Ris, ocurrido en 1800, y utilizó los reportajes periodísticos del asesinato de Paul-Louis Courier, a quien supuestamente había matado en 1825 el amante de su esposa, en su novela Los campesinos (1845). En La piedra lunar. Wilkie Collins recurrió a un caso de asesinato del año 1860 en el que se había visto envuelta una muchacha de dieciséis años, Constance Kent, quien había cercenado la garganta de su hermanastro y tirado su cadáver a un retrete situado en unos terrenos de la familia.
Los estudios sobre los periódicos victorianos, principalmente los que se ocupan de las décadas de 1840 a 1860, han señalado la obsesión que muestran por los reportajes sensacionalistas sobre delitos sexuales y muertes violentas. Esto incluía a periódicos respetables como el Times y el Daily Telegraph. Las crónicas de tribunales de The Times estaban llenas de relatos de violencia sexual. Pese a que pretendiera ser un respetable periódico comprometido con levantar acta, The Times no iba a la zaga de ningún otro diario en cuanto a la publicación de reportajes sobre violaciones, en especial si habían sido cometidas por hombres de “buena reputación”. Ya en 1828, Fenimore Coper comparaba desfavorablemente The Times con el Morning Chronicle y varios periódicos franceses -“su reputación me sorprende, porque la considero particularmente inmerecida”-. Cooper atribuía esa reputación al hecho de que “ese periódico se dirige como una propiedad, pone más sus miras en la tirada que en los principios y halaga los prejuicios con el objetivo de asegurar su popularidad”. Para alcanzar esa popularidad, las prensas francesa y británica imitaban a las novelas (tal y como los novelistas se inspiraban en los reportajes de los periódicos) y atribuían a personas reales características propias de los personajes que la ficción había hecho populares. rara vez se perdía la oportunidad de transformar a un ladrón o a un asesino en un genio criminal, con lo que en realidad se le dotaba de una aureola, y los delincuentes como el asesino Pierre-François Lacenaire, ejecutado en París en 1836, acaban convertidos personajes célebres. Lo que hoy consideramos un género bien definido -la novela detectivesca- se hallaba así compuesto, en términos generales, por nociones pertenecientes a centenares de de novelas consideradas sensacionalistas, a las que vagamente se definía como obras basadas en violaciones, suicidios, asesinatos y otros sucesos misteriosos, a menudo ambientados en largos pasillos y escaleras oscuras. Los antecedentes góticos -a los que se resta el elemento sobrenatural- son totalmente evidentes.
Pese a que la respetable clase media pretendiera sentirse alarmada por la popularidad de la novela “sensacionalista”, sus propios miembros la leían. En cualquier caso, los límites del género eran porosos. Podía incluir sin dificultad las novelas escabrosas, pero también las novelas sensacionalistas de Wilkie Collins y Charles Dickens. Collins era perfectamente consciente del enorme potencial que ofrecía este nuevo mercado. En un artículo escrito en 1858 (The Unknown Public) elogiaba esta nueva literatura: “los periódicos de a penique de nuestro tiempo tienen el merito de haber descubierto un nuevo público…Se ha destapado una inmensa masa de público; el siguiente paso que hay que dar es, en sentido literal, el de enseñar a ese público a leer… El futuro de la ficción inglesa podría residir en este público desconocido que se encuentra la espera de que se le enseñe la diferencia entre un libro bueno y uno malo. Probablemente sea sólo una cuestión de tiempo”.

La participación de los lectores fue un importante factor en el auge del relato detectivesco, una participación que se solicitaba desde el comienzo del relato, ya que se ideaban maneras -entre ellas la diseminación de indicios- para que pudieran sumarse a la investigación y descubrir el culpable. Pese a que algunos consideraran que este género era pura evasión (una categoría bastante subjetiva, ya que es perfectamente posible “evadirse” con Guerra y Paz, o leer a Proust en la playa), en él se obliga al lector a prestar la misma atención que un crítico literario. No es posible saltarse pasajes. Cada detalle cuenta, por muy ordinario que parezca, pues puede ser una pista crucial. Esto explica en gran medida por qué la novela negra es, de todos los llamados “géneros populares”, el que más ensalzan las élites cultas – a diferencia de la novela sentimental y de la novela de aventuras-. Thackeray, Dickens, Henry James e incluso T.S: Eliot dieron la bienvenida a La dama de blanco de Wilkie Collins (que es una novela de misterio, más que un relato de detectivesco). La obra recibió elogios en Francia y Alemania, país a cuyo idioma se tradujo inmediatamente, pese a que hasta época reciente no haya suscitado interés en la academia. En Rusia, y posteriormente en la Unión Soviética, esta obra se mantuvo durante mucho tiempo como un gran éxito de ventas, siendo superada únicamente por La piedra lunar (Lunnyii Kamien en ruso), que conoció treinta y cinco ediciones entre los años 1862 y 1992 y que vendió bastante más de dos millones de ejemplares. Los críticos soviéticos, por tratar de alcanzar quizá algo de popularidad ellos mismos, habían decidido que Collins, a pesar de sus “personajes planos” y de la naturaleza de sus libros, meramente dedicados al entretenimiento (tal es el punto de vista expresado en la Enciclopedia Soviética), mostraba una notable preocupación social y era un autor progresista. Para la década de 1860, La dama de blanco había adquirido la condición de obra de culto, según demuestra la comercialización de objetos y actividades con su reclamo: había gorros, capas, perfumes e incluso valses y cuadrillas del tipo descrito en La dama de blanco. Las caricaturas mostraban a personas que se quedaban toda la noche en vela para leerla.


También Edgar Allan Poe fue considerado un autor de “enorme talento”, por escritores tan intelectuales como Dostoievski. Baudelaire abogó en su favor en Francia, lo que dio un impulso crucial a su fama europea. Poe, que murió en 1849, podía leerse en francés en 1857, en ruso (idioma al que se tradujo desde el francés) en 1858 y en húngaro en 1862. George Bernard Shaw pensaba que la obra de Poe titulada Ligea (que no es un relato de detectives) era “una de las maravillas de la literatura…, sin parangón ni paralelo”. T.S. Eliot, en una conferencia celebrada en el año 1948, dijo: “En lo que hace a la ficción detectivesca, prácticamente todo puede retrotraerse a dos autores: Poe y Wilkie Collins. El eficiente policía profesional nace con Collins, mientras que el investigador aficionado, excéntrico y brillante, se origina en Poe”. Hasta los hermanos Goncourt, tan reacios a dedicar a nadie elogio alguno, saludaron a Poe, ya que consideraban que pertenecía a un nuevo mundo literario y que era uno de los precursores de la literatura del siglo XX.

Otro elemento importante en el desarrollo del relato de detectives fue el hecho de que ofreciera a los futuros autores una formula que sirvió de ayuda en la enorme producción de obras esencialmente similares. Este marco quedó establecido con mayor claridad que en la mayoría de los géneros. Ha de cometerse un asesinato en el primer capítulo, más o menos. Después, un investigador debe examinar las pistas que se han ido dejando e interrogar a los testigos, cada uno de ellos con un temperamento diferente. El relato se construye en torno a este marco. No obstante, escribir un relato detectivesco de éxito requería de un talento notable, ya que la competencia era, en ocasiones, formidable.
Una de las peculiaridades del género estriba en que rompe la ilación cronológica. La novela de detectives comienza con un acontecimiento -el asesinato-. Buena parte de lo que sigue es la reconstrucción histórica de lo sucedido antes. El final ofrece una explicación que da sentido a toda la novela. Con frecuencia se dice que las novelas de detectives han de leerse “de una sentada”, y de ahí que sean, convencionalmente bastante cortas. Par construir la historia e ir sembrando los indicios, el autor ha de conocer, cuando menos de forma aproximada, la secuencia “correcta” de los hechos, la que conduce al asesinato. Esto presenta notables diferencias respecto de la narración retrospectiva normal, en la que resolución de la conducta aparentemente misteriosa de los personajes se produce al revelarse algún acontecimiento de su pasado. En otras palabras, Poe sólo pudo haber escrito un relato como el de Los crímenes de la calle Morgue en orden inverso, es decir, sabiendo de antemano que el asesino era un orangután huido. Desde luego es teóricamente posible que Poe, al haberse puesto el mismo contra las cuerdas en su texto, tuviese que recurrir al orangután porque ninguna otra cosa hubiera logrado “funcionar”; sin embrago, es improbable que fuera esto lo que sucediera.
Muchos de los elementos que habrían de configurar el género se concibieron durante los primeros tiempos de la novela de detectives. La principal cualidad del investigador es la inteligencia. El heroísmo y la valentía son secundarios. La verdad sale a la luz gracias a la pura fuerza de la investigación -una razón más para que sea el género popular preferido por los intelectuales-. Hay una diferencia abismal entre el tipo de héroe que atrapa al malvado superándole abrumadoramente con su fuerza física -como hacía el viejo capitán Collier, el protagonista de unas setecientas novelas baratas publicadas en Estados Unidos durante las décadas de 1880 y 1890- y el detective que lo consigue reuniendo todas las pistas.

7 thoughts on “Revelar lo oculto (El club de los martes)”

  1. Bufff… Lo siento, Lev, pero con ese tamaño de letra y esa longitud y maquetación de párrafos he tirado la toalla a las veinte o treinta líneas.😦

  2. Pués yo, como seguidor de la novela detectivesca en general y de W. Collins en particular, he disfrutado enórmemente de su lectura.

    Hasta otra.
    Ferran.

  3. Lo cierto es que creo que Borat tiene razón, lo mejor sera editar el mensaje, darle una buena presentación al juego y adjuntar un pdf con el texto más claritoy accesible. Total el que vaya a hacer el esfuerzo de leerse el texto no le importara un par de “cliks” mal. Y es que uno es novato y se olvida que internet es multimedia y el texto escrito una fuente importante pero no primordial.
    Yo encantado con las críticas

  4. Presentación del texto aparte, -eso es más bien marketing, y conociendo un poco al amigo Lev, sé que vender no es precismente su interés principal- y aunque es verdad que leer en pantalla es una ardua tarea, tu entrada es tan interesante que merece ser impresa y leída con más detenimiento. Como gran lectora de novela negra (y de prácticamente todos los clásicos antecesores que has mencionado), tengo que quitarme el sombrero y agradecerte el post.Una entrada futura sobre la ciencia ficción sería muy de agradecer, ya que te he mencionado de pasada hablando del tema. Te enlazaría para ver si mis lectores, eminentemente femeninos, les pierden un poco de miedo a estos dos géneros que , sobre todo en el caso de la ciencia ficción, tienen esa reputación inmotivada de “literatura masculina”. Curioso, en un mundo de Christies, Highsmiths,… Personalmente, yo hubiera añadido “Otra vuelta de tuerca”, de Henry James, las hermanas Brontë, (“Cumbres borrascosas” y “Jane Eyre”, aunque sin asesinatos, entran en esta corriente de novela gótica victoriana), así como la célebre Jane Austen, que parodió este tipo de novela en “Northanger Abbey”.
    Caballeros, no se olviden de las damas, que tanto han contribuido a este género.
    Un saludo.

  5. … lo siento por el comentario larguísimo, pero he olvidado decir que me gustan mucho todas las fotos que utilizas en el blog.

  6. Gracias por dedicarle un huequito en tu blog a mi juego.
    Acabo de anunciar tu “reseña” en el blog oficial del juego.
    Un saludo

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