¿Y qué más da que los juegos de mesa sean cultura?

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Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo un emperador chino, Shao Kang, decidió pasear por su reino y ver como vivían sus sudbitos. Al poco se encontró con un grupo de niños que, alegres, jugaban a las tabas, y les preguntó que hacían “”jugar” -le respondieron. Siguió su camino y vio como las lavanderas acompañaban de canciones el afanoso trabajo de frotar de las telas. “Cantar” acertaron a decir cuando el emperador mostró su curiosidad. Más adelante observo como un anciano enseñaba a grabar sobre el bambú a sus jóvenes discípulos. -¿y tú venerable maestro? ¿qué haces? -“escribir”.

Satisfecho el emperador volvió a su palacio. Todo estaba en orden. El ruiseñor mecánico, la orquesta imperial, la biblioteca de los sabios. El palacio les guardaría; a él, a sus descendientes y a la cultura durante mucho tiempo. El tiempo en que los sudbitos tardaran en darse cuenta que no hace falta un palacio para hacer cultura.

a estás alturas ¿tiene sentido reivindicar algunas actividades humanas como cultura?   Cultura, como dice CostlKyan del termino  Juego es un termino elástico que se estira y adapta a múltiples expresiones humanas desde el Paleolítico hasta ahora.

Cultura no es un valor que se pueda obtener mediante una formula como podemos obtener la velocidad. No van a ser las ciencias puras ni un algoritmo de google (probad a poner cultura en el buscador) los que alumbren un camino que no termino de entender porque está tan oscuro.

De la cultura han hablado, y lo siguen haciendo, filósofos, antropólogos, historiadores y sociólogos. Pero claro, a esa gente de letras, para que hacerla caso. Es mucho más confortable seguir en nuestra propia opinión, o mejor dicho, prejuicio. Hay quien piensa que la cultura es maravillosa, que es un palacio versallesco, que todo lo que entra hay debe ser esplendido y no es lugar que deban manchar con la compañía de expresiones menores. Otros piensan que todo es cultura, que no tiene sentido alguno distinguir entre Don Quijote y Spiderman. Es un debate viciado el de mala cultura y buena cultura.

Pero, pongamos como ejemplo un juego de mesa. Si escribimos sobre él vamos a tomar como referencia la reseña y no la descripción técnica. Es verdad que un juego de mesa, y como ocurre en un coche, tiene unas características físicas; podemos saber el número de paginas de un reglamento, los milímetros de grosor del tablero,  el número de jugadores, el gramaje de las cartas, el número de caras de los dados, etcétera. Pero nada de eso nos acerca realmente a un juego, en una reseña vamos a buscar una subjetividad, la del que lo escribe, la que reviste a la descripción del juego. Esa subjetividad es la única manera de tocar la estructura invisible de un juego, en definitiva de comprender realmente un juego.

La gente que se dedica a la cultura lleva siglos haciéndolo, han dado pasos de gigante. Se han liberado de prejuicios, han desandado caminos y abierto nuevas rutas, han encontrado callejones sin salida y la manera de saltarlos. No estaría de más poner un ojo en ellos y no sólo para las reseñas.

Por supuesto, podemos pensar que los juegos de mesa son una actividad tan inútil y placentera como un paseo en el campo, como nadar entre las olas. No es así, son tan inútiles y placenteros como escuchar música, bailar un vals o leer un libro. Que los juegos de mesa sean cultura solo sirve para entenderlos mejor.

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