El propio camino

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Me gusta la carta de la expansión del Dixit que muestra a lo que parece el flautista de Hamelin. El bardo marcha por el camino al son de su propia música, ajeno al arsenal de armas blancas que se precipitan sobre su figura.

Me gusta leer la carta como un homenaje a todos aquellos que siguen su propio camino, ajenos a todo lo que despiertan. la ilustración parece decir que más que reconocimiento, admiración o como poco comprensión el que ha decidido seguir su propia música se ve expuesto al rencor, quizá envidia y como mínimo incomprensión.

El flautista aún no lo sabe, pero todo eso causa dolor.

O quizá me equivoco, quizá no es más que el despertar de la ilusión, descubrir que en el fondo no eres más que un Asuracenturix cualquiera, que no hay perejil suficiente en el mundo que proteja los oídos de los paisanos. Quizá lo fácil es verse como un sujeto tocado por los dioses, alguien que ve más allá de lo convencional pero que ha sido maldecido como Casandra y nadie le tomara en serio.

Y es que mucho se hablaba de las bondades de seguir el camino propio; se suele representar como en la carta del Dixit, un camino donde marcha uno sólo. Pero no es así, los caminos propios están transitados, atiborrados de los otros que emprenden sus propios caminos.

El dolor nace de ellos, de los otros. Es cierto, pero esto no será por envidia, ni rencor, quizá por incomprensión, sí, pero casi nunca se explica que en esta vida tan importante como las propias ideas es la capacidad de explicarlas, de matizarlas y de confrontarlas.

Quien fuera elocuente, quien supiera expresar que detrás de cada opinión, de cada decisión o de cada creación no hay más que un expresión de ese camino. Pero esa dimensión de lo propio, esa importancia que nos damos nos lleva a que cualquier tropezón la tomemos como un navajazo a nuestro yo.

El camino propio, al menos en mi caso, debiera acercarme a los demás y sin embargo me temo que lo único que hago es encerrarme cada vez más en mi concha. Con la estúpida y supersticiosa convicción de que la mierda de mi ombligo termine por convertirse en perla.

Quizá sea hora de volver atrás, desandar lo andado, borrar las huellas y aprender a escuchar otras músicas que la propia.

 

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