Civilización y Progreso

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»La historia de ustedes me es conocida. ¡Qué magnífica cosa, la humanidad! Ciertamente, tengo el deber de saberlo todo acerca de su planeta. Nuestra delegación tomará la palabra en el punto ochenta y tres del orden del día, apoyando la admisión de los terrestres en la Organización de Planetas Unidos con el carácter de miembros permanentes, con plenos derechos y privilegios… ¿NO habrá perdido por casualidad las cartas credenciales? Cambió de tono tan de repente, que me estremecí, negando con fervor. No solté ni un momento de la mano aquel rollo de pergamino, un poco reblandecido por el sudor.

—Bien. Así pues, pronunciaré un discurso, dando relieve al alto nivel de sus logros, que les hacen dignos de tomar parte en la Federación Astral… Es, ya me entiende usted, una especie de formalidad un tanto antigua; no prevé usted ninguna manifestación contraria, ¿eh?

—No…, no creo —musité. —No, seguramente. ¡No se dará el caso! Una formalidad, como dije, pero, en cualquier caso necesito unos datos. Hechos, detalles, ¿me entiende? Por cierto, disponen ustedes de la energía atómica, ¿verdad?

—¡Oh, sí! ¡Claro!

—Perfecto. Ah, es verdad, lo tengo aquí, el presidente me dejó sus apuntes, pero su letra, hm, pues… ¿Desde hace cuánto tiempo?

—¡Desde el seis de agosto de 1945!

—Muy bien. ¿Qué fue esto? ¿La primera estación energética?

—No —contesté sintiendo que me ruborizaba—, la primera bomba atómica. Destruyó Hiroshima…

—¿Hiroshima? ¿ES un meteorito?

—No, una ciudad.

—¿Una ciudad? —dijo, ligeramente inquieto—. ¿Cómo podremos decirlo…? —meditó un momento—. Mejor no decir nada —decidió de pronto—. Bien, bien…, en todo caso, me hace falta algo de lo que ustedes pudieran sentirse orgullosos. Hágame alguna sugerencia. Dése prisa, estamos llegando…

—E… e… vuelos cósmicos —empecé a decir.

—Esto es obvio. Si no los hicieran, no estaría usted aquí —observé con una viveza un poco excesiva para mi gusto—. ¿A qué dedican la mayor parte de la renta nacional? Trate de recordar alguna enorme empresa de ingeniería, la arquitectura a escala cósmica, rampas de lanzamientos de naves a base de gravitación solar, alguna cosa por el estilo — me sugería, pendiente de mi contestación.

—Si, sí, se construye, se construye —dije por decir algo—. El presupuesto nacional no es muy grande, se gasta mucho en armamentos…

—¿Armamentos de qué? ¿De los continentes? ¿Contra los terremotos?

—No… del ejército… de las tropas…

—¿Qué es esto? ¿Un hobby?

—No, un hobby, no… Conflictos interiores —farfullé

—¡Esto no sirve para una recomendación! —dijo, despectivo—. ¡Supongo que no vino usted aquí volando directamente desde las cavernas! ¡Los científicos terrestres deben de haber calculado hace tiempo que una colaboración interplanetaria es más provechosa que la lucha por el botín y la hegemonía!

—Lo han calculado, lo han calculado, pero hay motivos… de naturaleza histórica, señor.

—¡Dejémoslo! —dijo—. Mi misión no consiste en defenderles aquí como a unos reos, sino encomiarles, recomendar, nombrar sus méritos y virtudes. ¿No lo comprende?

Diarios de las estrellas, Stanislaw Lem. Viaje VIII

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