Alejandro Magno y su memoria

De vez en cuando alguna fuerza desconocida te guía en la libreria, y buscando un libro te descubres llevándote otro no sabiendo muy bien el porqué. Y luego lo lees y empiezas a emocionarte, es historia, pero donde laten seres humanos, esa que tanto ansío y me cuesta tanto encontrar. A veces me parece que son las personas los grandes olvidados de los tratados históricos, donde se examina, cataloga y explica todo menos a quienes han hecho posible este mundo. Y así, de esta manera tan emocionante descubro a Pedro Olalla y su Historia menor de Grecia. Vibro casi en cada página y no puedo sino pensar que así me gustaría hablar de esos juegos de mesa autoproclamados “históricos”. Uno de sus pequeños capítulos está dedicado a Alejandro y el Sucessor resuena como una campana en mi cabeza. Quizá haya que volver a jugarlo y contar los turbulentos tiempos que siguieron a la muerte de rey macedonio.

Tierras altas del Indo. 327 Antes de Cristo

(Pedro Olalla)

A solas en su tienda, Alejandro se agita yendo de un lado a otro con pasos impetuosos, se detiene bruscamente y jadea, se hunde en sus pensamientos con los ojos helados y ausentes. Afuera, la noche inmensa ha borrado el llano, el bosque, las montañas del Himalaya, y ha dejado sólo el estruendo del rio en el vacio.

Primero fue Filotas, luego Parmenon, después Clito y ahora Calístenes. Lo que no debía repetirse ha vuelto a pasar. Quizá sea el desgaste de todos en esta campaña que no parece que vaya a terminarse jamás; el espíritu de Persia que se apodera de sus conquistadores; la locura semabrada por Dionisio. Pero ¿qué está pasando? ¿Acaso acabarán muriendo así también Leonato, Ptolomeo, el propio Hefestión?

La muerte de Calístenes pesa ahora sobre el rey macedonio del mismo modo que la muerte de Clito hace dos años, en aquella disputa acalaroda en Marakanda, cuando una lanza salió de la mano de Alejandro y fue a parar al pecho de su fiel amigo. Clito murió por decir la verdad, por recordarle a Alejandro que debía sus triunfos a al sacrificio y la fidelidad de los macedonios y no a los aduladors persas a los que ahora debían dirigirse sus amigos de siempre para pedir audiencia con él. Murió por recordarle a su amigo de la infancia que, en su vanidad, había renegado de la paternidad de Filipo para hacerse llamar hijo de Amón-Zeus. Alejandro quiso entonces quitarse la vida con la misma lanza, y pasó tres días y tres noches encerrado en su tienda sin probar alimento y llamando a la muerte. Fue Calístenes quien lo sacó de allí, consólandolo con delicadeza y desvaneciendo con razones la pesadumbre que lo abatía.

Alejandro sabe que no hubo razones más allá de su colera y su debilidad. Tal vez, en la ejecución de Filotas o en el asesinato de Parmenión hubo alguna razón de Estado que pudiera liberarle de los remordimientos., alguna esperanza para el perdón. Pero no en el caso de Clito. y ahora, Calístetnes ha muerto en la prisión a la que fue arrojado en primavera, cuando Alejandro dio crédito a quienes le acusaban de instigar a los jóvenes al regicidio.

La muerte de Calístenes ha despertado de nuevo a las erinias. en los oídos de Alejandro resuenan las palabras con las que su amigo le increpaba aquella noche en Bactria, cuando él aceptaba complacido que sus aduladores se postraran a sus pies como ante un dios: “No te olvides de Grecias, alejandro. fue por ella por lo que te lanzaste a esta expedición. Por llevar a Asia lo valioso de Grecia, y no por convertir a Grecia en Asia”. Como látigos restallan ahora aquellas frases proferidas mirándole a los ojos. “¿Acaso a tu regreso vas a pedir a los griegos, a los más libres de los hombres, que te rindan pleitesía como a un dios? ¿Es que piensas hacer una excepción con ellos, ofendiendo así a los macedonios? ¿O es que sólo a los bárbaros vas a exigir la adoración?”. Alejandro se recuerda en aquella velada sacado bruscamente del sopor de la música y del vino. “Ciro y Cambises recibieron honores divinos, y no olvides que fueron humillados y vencidos. Ciro por los humildes escitas. Jerjes por los atenienses y espartanos, Artajerjes por Jenofonte y los Diez Mil, y Dario por ti, Alejandro, que todavía no has sido adorado como un dios. No es a los reyes persas a quienes seguimos, sino a ti, al hijo de Filipo, descendiente de Heracles y de Éaco, cuyos ancestros vinieron de Argos a Macedonia y gobernaron a los hombres por la ley y no por la fuerza”.

El rencor de Alejandro ha dejado morir a Calístenes , al encargado de contar sus hazañas, a aquel muchacho que un día llegó a Mieza acompañando a su tío Arístoteles y que había heredado de él su sagacidad y su elocuencia, aunque no su cautela. Calístenes era el espíritu más libre de los que acompañaban a Alejandro. Calístenes era el más libre de los hombres.

En esta noche sonora y húmeda, alejado de sus compañeros, doblado de dolor sobre un cojín de plumas, el joven rey comprende qye ninguna virtud ni ninguna victoria en la guerra serña más importante que su crimen. Cada vez que digan: “Alejandro acabó con Dario”, responderán: “Ytambién con Calístenes y Clito”. Cada vez que digan “Él conquistó todo desde un rincón de Macedonia hasta las profundidades de Asia”, responderán: “Sí, pero mató a Calístenes y Clito.

Historia menor de Grecia. Pedro Olalla, editorial Acantilado 2012 páginas 36-38

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