Momo y el juego perfecto

¿Y si los hombres grises terminaron convirtiendo a Momo en objeto de merchandising.?

Leyendo 50 diálogos entre juego y cine recupero la figura tan querida de Momo. Momo, la niña que atrevió a desafiar y que llegó derrotar a los hombres grises. Victor Navarro Remesal reseña la película ¿o es el libro? sembrando una duda en el lector ¿acaso ya no forma parte el juego del mundo de los hombres grises? ¿acaso ya lo que libera no encierra?

Normalmente la comunidad se rasga las vestiduras en cuanto se asocia juego con el mundo de las apuestas deportivas, y sin embargo pasa por alto todo lo que ocurre en lo que a veces se llama “sana afición”.

Cada vez hace más ruido el mundo de los juegos de mesa, cada vez llegan más voces, más medios, más comentarios, y sin embargo cada vez menos son las voces diferentes. Cada vez más es, somos, una atronadora voz demandando la novedad.  Cada vez menos se escuchan historias que surgen de los juegos.

La muñeca perfecta, eso es lo que urdieron los hombres grises, para intentar que Momo cejara en su particular lucha. Una muñeca que ellos mismos reconocían que aburría en seguida, pero que la interminable sucesión de complementos permitía reavivar la magia por unos instantes. Y sin embargo Momo la rechaza “—Creo —dijo en voz baja— que no se la puede querer. “

Pienso en todos esos mecenazgos o kickstarteres, en la colección de extras que llevan, o en los juegos de las editoriales más tradicionales, en sus ediciones deluxe, de aniversario, o de invierno. Pienso en las expansiones, en las tematizaciones, en el pobre Cthulhu. Y también  pienso en el nombre del autor consagrado, bien grande,  para que por si sólo venda. Porque de eso se trata, en convertirnos a todos en engranajes del sistema de marketing.

Pienso a cuantos de mis juegos quiero, y por que los quiero.

Y me temo que la sospecha de Victor Navarro Remesal es en realidad una certeza. Los hombres grises han aprendido, y tienen máscaras festivas.

Soledad y entreturno en los juegos de sociedad

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Encontrar una definición de juegos de mesa satisfactoria es una tarea condenadamente difícil. Ni siquiera el recurso fácil de utilizar la wikipedia facilita las cosas. No todos exigen un tablero, alguno ni siquiera una mesa, y algunos, ni siquiera compañía. Aunque parezca mentira jugar un solitario de cartas en el césped de la piscina es jugar un boardgame, un jeux de societe o un juego de mesa.

Lo único que parece cierto es el termino “juego” pero ni siquiera. Tengo la certeza que por juego entendemos muchas cosas. Pero, y sobre todo, esperamos sólo algunas de ellas. Unos estarán más predispuestos a la risa, otros a la concentración, habrá quien prefiera la evocación, o la narración y no faltara el que lo que más valore sea el sano pique con sus camaradas de juego.

En el entretenimiento, en algo tan personal como el entretenimiento, cabe casi todo. Y claro el entretenimiento es casi sagrado, es ese momento, generalmente escaso en que podemos dedicar nuestro tiempo a nosotros mismos. ¿Cómo emplearlo? pues de la mejor manera posible, cada cual sabrá la suya; pero unos cuantos se inclinan por los juegos de mesa.

Y así, no podía ser de otro modo, tendremos la más alta expectativas de los juegos de mesa, en ellos encontraremos lo que buscamos, pues no hay nada peor que nuestro tiempo libre desaparezca sin habernos proporcionado nada.

Y yo creo que precisamente por eso se percibe como negativo cuestiones como la soledad y el entreturno. La soledad es vista en nuestra sociedad como algo negativo. Luchamos contra ella, la intentamos evitar, la tememos, ocupamos nuestro tiempo con imágenes y sonidos, a veces hasta con compañía de otras personas. ¿Así como demonios va a aparecer la soledad en un juego de mesa la soledad? ¿quién diseñaría un juego así? ¿quién lo jugaría? Y sin embargo esos juegos existen, se diseñan y se juegan, incluso hay quienes los apreciamos.

Cualquiera que haya jugado al ajedrez, y el ajedrez no es más que un ejemplo, sabe lo solo que esta uno en la partida. Es verdad que la partida de ajedrez es una creación a cuatro manos, pero tus pensamientos, tus jugadas son solo tuyas. Es tal el enfrentamiento entre dos soledades que muchas veces los errores que deciden las partidas terminan por aparecer por puro  cansancio psicológico. Yo soy muy mal jugador de ajedrez, cada vez que juego me enfrento a mi rival y a mi. Si alcanzo una mínima ventaja sufro por consolidarla, si estoy en posición desfavorable agonizo buscando la manera de igualar. Juego de información perfecta lo consideran, ja, me río yo de eso. Me paso más tiempo intentando descifrar la posición intentado templar los nervios y conociéndome a mi mismo que jugando.

Esta bien reconozco que el ejemplo del ajedrez es quizá un ejemplo un tanto extremo. Pero hay muchos juegos donde el corazón y la esencia del juego está en el análisis de la posición, en el buscar la jugada optima que te permita rematar la partida o enjugar la diferencia. Pienso en el Alta Tensión, o en el Agricola o incluso el Nations, en todos ellos estás más atento a buscar tu mejor jugada.

Soledad y con ella la Introspección, un momento que suele venir en el aburrimiento y con algunos juegos, que cosa más curiosa. No me disgusta que tal cosa ocurra con los juegos, es más agradezco que acontezca.

Supongo que si la soledad no tuviera tan mala prensa se valoraría de otro modo que aparezca en los juegos. Y bueno al fin y al cabo solo asoma la puntita y de buenas maneras; la otra soledad, la cruel, la omnipotente la de nuestros hogares, la de nuestros puestos de trabajo o lugares de estudios, la de las carreteras y aceras, la de nuestras enajenadas vidas, esa nos da con el mazo casi a cada rato.

Quizá por eso, por rechazar nuestra soledad o por no querer reconocerla detestemos tanto el entreturno. Que curioso me resulta. Juegos de sociedad donde demandamos estar permanentemente ocupados, juegos de sociedad donde tres personas no son capaces de estar ni siquiera entre ellas mientras la cuarta resuelve el turno. Juegos donde no estar permanentemente ocupados son condenados. No vaya a ser que nos conozcamos, a nosotros mismos y a quienes nos rodean.

No me extraña que en la definición de jeux de societé de la wiki francesa apostillen “Se observa, sin embargo una tendencia reciente, desde la década de los 90, en los juegos de mesa que el objetivo principal es pasar un buen rato en lugar de ejercer las capacidades de reflexión”. Como si fuera antagónico la reflexión y el disfrute.

En cualquier caso lo que tengo claro, es que en los juegos de mesa no busco un mero pasatiempo. Me gusta que dilaten el tiempo, que me cambien el “pasar el rato” por “quedarme con el rato”.

 

 

La memoria es una caja de zapatos

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He vuelto a leer un libro como hace tiempo que no leía. Todas las noches de este verano acudía puntual a mi cita con Robert Fisk. Rápidamente la incertidumbre que se tiene cuando se leen las primeras páginas desapareció. Cada noche sabía que iba a pasar unas horas de desasosiego, indignación rabia e impotencia. Y sin embargo no podía dejar de leer sobre el pasado más reciente y la tragedia de Oriente Próximo o Medio, de Afganistán o de Bosnia.

La gran guerra por la civilización así se titula ese monumento a la memoria, la obra de un periodista británico que arroja luz sobre esos países que día sí, día también ocupan buena parte de los noticieros del mundo.

Robert Fisk intenta comprender la tragedia del mundo árabe y del mundo musulmán. Como corresponsal en Libano, Afganistán, Iran, Irak… se convirtió en testigo directo, pero eso no era suficiente. Fisk recurre y necesita de la Historia para entender lo que nuestros ojos occidentales ven. Pero aún así no es fácil, nuestros prejuicios y valores dictaminan un juicio que nos alejan de cualquier entendimiento. Y Fisk se empeña en comprender. Para ello recurre a la figura de su padre, quien fuera soldado de Su Majestad  en los campos de Francia en la Primera Guerra Mundial.

En cierto momento La gran guerra por la civilización se convierte por unas páginas en el relato de la reconstrucción del Bill Fisk soldado. El padre nunca había hablado de su experiencia en la Gran Guerra, era algo que incomodaba y evitaba hablar con su hijo.

Así que Fisk tuvo que esperar a la muerte de sus progenitores para saber algo más de aquello. Todo lo que obtuvo era una caja de zapatos llena de recuerdos. Algunas fotografias de su estancia en Francia, y una pequeña entrevista inacabada que Robert Fisk encargó a su madre sobre el paso de Bill por el frente.

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Un tesoro guardado en una caja de zapatos

Eso era todo, y sin embargo, que valioso. La memoria cabe en una caja de zapatos. En mi casa también existe una caja de zapatos, contiene la memoria de mis abuelos  paternos. Son fotografías, facturas, toda una colección de facturas, postales en blanco y algún que otro recorte de periódico. Mi abuelo fue un portero de fútbol semiprofesional, alcanzó la final de la Copa de la República con el Valencia y la guerra civil parece que frustró una carrera prometedora, luego se conformó con las glorias del futbol regional, la semifinal de la copa del rey, y ya retirado del futbol con las labores de palangre en el muelle viejo de Portugalete. La historia de mi abuela es más anónima, su carnet de jubilada y fotografías con sus hermanas y maridos. Si no fuera por aquellas charlas y arengas que me daba cuando la visitaba apenas si sabría de ella, o de mi bisabuelo que una bomba fascista mató porque se negaba a ir al refugio “van a desperdiciar una bomba en alguien tan pobre como yo”. Madrileña, monárquica, católica que paso toda la Guerra Civil en zona republicana, primero en Madrid, luego en Valencia donde conocería a mi abuelo. Que curioso, la caja de zapatos me hace pensar que mi existencia solo fue posible por el drama de la guerra, un vizcaíno y una madrileña que se conocen y enamoran en la Valencia de 1938. Y pienso en mi propia vinculación al drama histórico y la felicidad personal. Sin la tragedia de Chernobyl no habría conocido al gran amor de vida, no hubiera nacido la pequeñaja que alegra mis días.

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Y pienso en esa misma pequeña , que supongo que como todos los hijos construye su imagen sobre su padre. Una imagen llena de silencios. Quizá en un futuro quiera entender a su padre, quizá quiera saber más sobre él. Pero no le habré dejado nada, no habrá una caja de zapatos, ni fotografias, ni postales ni facturas. Si acaso un pendrive, quizá si aprende a leerme entre lineas llegue a conocerme de otra manera. Quizá este blog, después de todo, sirva para algo.

 

El último héroe

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Me gustan los héroes frágiles.

A veces me los imaginó con nariz gibraltareña, hablando en verso y capaces de creerse que se han caído de la luna

Otras me los tomo como tristes figuras que han leído demasiados libros de caballería o como enfermos de idiocia que regresan en tren de un reposo de algún pequeño pueblo suizo o como contrabandistas y merodeadores de un Chernobyl cualquiera.

Me gusta creer que existen, que se pasean nerviosos por las grandes ciudades, que tosen y se suben el cuello del abrigo, que parecen a punto de desmayarse inanes al cruzar el semáforo.

Me gusta pensar en ellos sentados bancos contemplando a las gaviotas, me gusta pensar en ellos reclinados sobre el amigo caído, demasiado borracho para seguir adelante.

Me gustan los héroes que no saben que lo son, que acuden a la llamada sin pensárselo dos veces, que van donde no quieren ir y donde nadie les espera. Me gusta cuando hablan y dicen lo que no nadie quiere oír y cuando callan lo que todo el mundo quiere escuchar.

Me gustan así; demasiado tímidos, demasiado leales, demasiado sensibles, que terminan marginados por el gran mundo, pero que a la vez son demasiado honrados y demasiado torpes para saber moverse en el mundo de sombras, así es su desgracia.

Me gustan los héroes que hacen de la tierra de nadie su tierra. Me gustan los héroes inadaptados, los incapaces, aquellos a los que sólo un golpe de extraordinaria fortuna les permite mostrar toda la grandeza que son capaces en un acto que solo ellos pueden entender.

Para ellos nunca habrá una corona de laurel, solo una voz que hace ya tiempo les cantó “Buenos días, último héroe, buenos días a ti y a todos los que son como tú”. Desdichado héroe, de ti nunca será el reino de los cielos.

 

 

 

El propio camino

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Me gusta la carta de la expansión del Dixit que muestra a lo que parece el flautista de Hamelin. El bardo marcha por el camino al son de su propia música, ajeno al arsenal de armas blancas que se precipitan sobre su figura.

Me gusta leer la carta como un homenaje a todos aquellos que siguen su propio camino, ajenos a todo lo que despiertan. la ilustración parece decir que más que reconocimiento, admiración o como poco comprensión el que ha decidido seguir su propia música se ve expuesto al rencor, quizá envidia y como mínimo incomprensión.

El flautista aún no lo sabe, pero todo eso causa dolor.

O quizá me equivoco, quizá no es más que el despertar de la ilusión, descubrir que en el fondo no eres más que un Asuracenturix cualquiera, que no hay perejil suficiente en el mundo que proteja los oídos de los paisanos. Quizá lo fácil es verse como un sujeto tocado por los dioses, alguien que ve más allá de lo convencional pero que ha sido maldecido como Casandra y nadie le tomara en serio.

Y es que mucho se hablaba de las bondades de seguir el camino propio; se suele representar como en la carta del Dixit, un camino donde marcha uno sólo. Pero no es así, los caminos propios están transitados, atiborrados de los otros que emprenden sus propios caminos.

El dolor nace de ellos, de los otros. Es cierto, pero esto no será por envidia, ni rencor, quizá por incomprensión, sí, pero casi nunca se explica que en esta vida tan importante como las propias ideas es la capacidad de explicarlas, de matizarlas y de confrontarlas.

Quien fuera elocuente, quien supiera expresar que detrás de cada opinión, de cada decisión o de cada creación no hay más que un expresión de ese camino. Pero esa dimensión de lo propio, esa importancia que nos damos nos lleva a que cualquier tropezón la tomemos como un navajazo a nuestro yo.

El camino propio, al menos en mi caso, debiera acercarme a los demás y sin embargo me temo que lo único que hago es encerrarme cada vez más en mi concha. Con la estúpida y supersticiosa convicción de que la mierda de mi ombligo termine por convertirse en perla.

Quizá sea hora de volver atrás, desandar lo andado, borrar las huellas y aprender a escuchar otras músicas que la propia.